¿Debe un profesor de yoga demostrar las posturas mientras enseña? Es una pregunta que me parece especialmente interesante después de muchos años dedicados a la práctica y a la enseñanza del yoga. Porque una cosa es saber realizar una postura y otra muy diferente es saber transmitirla, observar a nuestros alumnos y ayudarles a comprender lo que están haciendo.
A menudo identificamos a un buen profesor de yoga con alguien capaz de ejecutar posturas difíciles, con una práctica espectacular o con una gran flexibilidad. Sin embargo, la capacidad para realizar asanas complejas no garantiza que sepamos enseñarlas. Enseñar requiere otras habilidades: observar, comprender, comunicar, adaptar y saber cuándo intervenir. Y precisamente sobre esto quiero reflexionar hoy, a partir de una experiencia que estoy viviendo como alumna.
Lo que estoy aprendiendo de David Meloni
Los viernes estoy asistiendo a clases con David Meloni, uno de los grandes referentes internacionales del yoga Iyengar. Después de tantos años practicando y enseñando, sigo sintiendo una enorme necesidad de aprender, y no solamente de profundizar en las posturas, sino también de observar cómo enseñan aquellos profesores a los que admiro.
Hay algo de las clases de David que me resulta especialmente interesante. En algunas sesiones, una alumna avanzada demuestra las posturas delante de la cámara mientras él dirige la práctica, da instrucciones y realiza correcciones. En ocasiones, apenas aparece en pantalla y, sin embargo, está enseñando continuamente. No significa que nunca demuestre personalmente; lo que me interesa es precisamente que la demostración no tiene por qué ser el centro de la clase.
De hecho, en la descripción de su metodología de enseñanza, David explica la importancia de mostrar con precisión las acciones de las asanas y también el valor de practicar junto a los alumnos para profundizar en aspectos más sutiles del yoga. Es decir, no se trata de elegir un único recurso pedagógico, sino de saber utilizar diferentes herramientas según el objetivo de la enseñanza.
Esta manera de trabajar me lleva a una reflexión que considero fundamental para cualquier profesor de yoga: ¿dónde debería estar nuestra atención mientras enseñamos? ¿En nuestro propio cuerpo o en lo que está sucediendo con nuestros alumnos?
¿Debe un profesor de yoga demostrar todas las posturas?
Por supuesto que no estoy en contra de las demostraciones, todo lo contrario. Una demostración bien realizada puede ser una herramienta pedagógica extraordinaria. En ocasiones, una imagen permite comprender en unos segundos lo que necesitaríamos varios minutos para explicar con palabras. Podemos demostrar cómo girar un muslo, cómo extender los costados del tronco, cómo organizar los hombros o cómo utilizar correctamente un soporte. Incluso podemos mostrar dos maneras diferentes de realizar una postura para que los alumnos observen qué cambia entre ellas.
Pero aquí aparece una distinción importante: demostrar una postura no es lo mismo que realizar toda la práctica junto a nuestros alumnos. Una demostración debería tener un propósito concreto. ¿Qué quiero enseñar? ¿Qué acción necesito que comprendan? ¿Qué dificultad estoy intentando resolver? No se trata de mostrar lo bien que hacemos una postura, sino de utilizar nuestro cuerpo como una herramienta para facilitar el aprendizaje.
A veces será necesario demostrar la postura completa, otras veces bastará con mostrar una pequeña acción y, en muchas ocasiones, no será necesario demostrar nada. La cuestión no es cuántas posturas ejecuta el profesor durante una clase, sino qué aporta cada demostración al aprendizaje de sus alumnos.
La diferencia entre practicar yoga y enseñar yoga
Para mí, la práctica personal es indispensable en la vida de un profesor de yoga. No concibo enseñar aquello que no estudiamos, investigamos y experimentamos en nuestro propio cuerpo. La práctica nos permite desarrollar sensibilidad, comprender las dificultades de las posturas y descubrir relaciones que no siempre resultan evidentes desde un conocimiento exclusivamente teórico.
Pero practicar yoga y enseñar yoga son actividades diferentes. Cuando practicamos, nuestra atención se dirige fundamentalmente hacia nosotros mismos: observamos nuestras sensaciones, investigamos las acciones y tratamos de desarrollar una percepción cada vez más profunda. Cuando enseñamos, en cambio, debemos dirigir buena parte de nuestra atención hacia otras personas, y esto exige un cambio de perspectiva.
Imaginemos que estamos enseñando una secuencia completa mientras realizamos todas las posturas con nuestros alumnos. ¿Qué ocurre mientras estamos concentrados en nuestra propia ejecución? Quizá alguien esté perdiendo el equilibrio, otro alumno esté compensando una dificultad de movilidad o una persona no haya comprendido nuestras instrucciones y esté realizando una acción muy diferente de la que buscamos. Y nosotros podemos no estar viéndolo.
Esto no significa que practicar junto a los alumnos sea siempre incorrecto. Existen contextos y maneras de enseñar en los que puede resultar útil, pero conviene que el profesor sea consciente de las consecuencias de su elección. Porque mientras estamos ocupados haciendo las posturas, ¿cuánto estamos observando realmente?
Aprender a observar: una habilidad fundamental del profesor de yoga
Una de las habilidades más importantes que debería desarrollar un profesor de yoga es la capacidad de observación. Y observar no significa simplemente buscar errores, sino aprender a interpretar lo que está sucediendo.
Pongamos como ejemplo Utthita Trikonasana. Cuando observamos a un alumno realizando esta postura, podemos fijarnos en muchos aspectos: la separación y orientación de los pies, sus apoyos, la distribución del peso, las acciones de las piernas y los muslos, la organización de la pelvis, la extensión de la columna y lo que sucede con los costados del tronco. También podemos observar la posición de los brazos, los hombros y la cabeza.
Pero observar todo esto no significa que tengamos que corregirlo todo. Y aquí es donde empieza, para mí, una parte especialmente interesante de la enseñanza: no basta con identificar lo que ocurre; tenemos que saber qué es importante en ese momento.
Imaginemos que un alumno intenta llevar la mano hasta el suelo en Trikonasana, pero para conseguirlo pierde la extensión del tronco. Podemos pedirle que coloque la mano sobre un ladrillo, no porque exista una altura universalmente correcta ni porque utilizar un ladrillo sea una versión inferior de la postura, sino porque ese soporte puede permitirle trabajar mejor las acciones que estamos buscando.
La altura de la mano deja de ser el objetivo; lo importante es lo que sucede en el conjunto de la postura. Y para comprenderlo necesitamos conocimientos de alineación, anatomía, biomecánica y una observación cada vez más precisa.
Corregir no significa intervenir constantemente
Hay otra cuestión que considero esencial: un buen profesor de yoga no es necesariamente aquel que más corrige. A veces, cuando empezamos a enseñar, sentimos la necesidad de decirlo todo. Observamos una postura y encontramos muchas cosas que nos gustaría modificar: la posición de un pie, una rodilla, la pelvis, un hombro… Y comenzamos a dar instrucciones una detrás de otra.
Pero ¿puede el alumno comprender y experimentar tantas acciones simultáneamente? En ocasiones, una única instrucción bien elegida resulta mucho más eficaz que cinco correcciones consecutivas. Por eso considero fundamental aprender a establecer prioridades y preguntarnos qué necesita comprender esa persona en ese momento, qué acción puede ayudarle a avanzar y si es necesario intervenir inmediatamente o sería preferible permitirle experimentar un poco más.
También debemos aprender a distinguir entre una situación que requiere una intervención por seguridad y una diferencia de ejecución que no necesita corregirse en ese instante. No todas las personas tienen las mismas proporciones, la misma movilidad ni las mismas posibilidades, y no todas necesitan exactamente las mismas instrucciones. La enseñanza requiere conocimiento, pero también discernimiento.
Cuándo demostrar, cuándo corregir y cuándo guardar silencio
Enseñar yoga implica tomar pequeñas decisiones constantemente. A veces debemos demostrar, otras veces explicar y, en ocasiones, ofrecer una variante o introducir un soporte. Pero también hay momentos en los que simplemente debemos observar.
Una instrucción precisa puede transformar la comprensión de una postura, pero el silencio también puede ser una herramienta pedagógica. El alumno necesita espacio para investigar, desarrollar su propia percepción y dejar de depender continuamente de una voz externa que le indique qué debe hacer.
Este equilibrio entre dirigir y permitir descubrir me parece una de las dimensiones más delicadas de la pedagogía del yoga. No queremos alumnos que se limiten a reproducir mecánicamente nuestras instrucciones, sino practicantes capaces de comprender lo que hacen, observar sus propias acciones y desarrollar progresivamente autonomía. Y para favorecer ese aprendizaje, el profesor también tiene que saber retirarse un poco.
¿Qué habilidades necesita un buen profesor de yoga?
Cuando una persona decide formarse como profesor de yoga, suele preocuparse por las posturas que debe dominar, las secuencias que tendrá que aprender o los conocimientos teóricos que necesita adquirir. Todo eso es importante, pero una formación de profesores debería ir mucho más allá de aprender un repertorio de asanas.
Debería enseñarnos a comprender las acciones de las posturas, las relaciones entre las diferentes partes del cuerpo y las posibilidades de adaptación. Debería ayudarnos a utilizar los soportes con criterio, no simplemente como accesorios, a secuenciar con una intención y a reconocer qué necesita cada alumno. Y, especialmente, debería entrenar nuestra capacidad de observación, porque una cosa es conocer una postura y otra es saber enseñarla a personas con experiencias, cuerpos y necesidades diferentes.
Precisamente por eso, en mi artículo sobre la formación de profesores de yoga de 200, 300 y 500 horas explico por qué considero tan importante construir primero unos fundamentos sólidos y después profundizar en la observación, la adaptación y el criterio pedagógico.
Este es también uno de los principios que intento transmitir en mi formación de profesores ENCOR. Mi manera de entender la enseñanza se resume en tres palabras que me acompañan desde hace años: Alineación – Percepción – Corazón.
La alineación nos ayuda a comprender y organizar las acciones; la percepción nos permite observar, sentir y desarrollar sensibilidad; y el corazón nos recuerda que estamos trabajando con personas, no con modelos ideales de posturas. La precisión es importante, pero también lo son el respeto, la escucha y la capacidad de reconocer las necesidades individuales. Porque no enseñamos posturas. Enseñamos a personas.
Después de tantos años enseñando, sigo siendo alumna
Hay algo que considero imprescindible en la vida de cualquier profesor: no dejar nunca de aprender. A lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de estudiar con profesores extraordinarios, y una de las cosas que más valoro de seguir formándome es descubrir que siempre hay algo nuevo que comprender.
A veces es una acción que nunca había percibido de determinada manera; otras veces, una explicación especialmente clara. En ocasiones es una forma diferente de organizar una secuencia o de utilizar un soporte. Y otras, como me está sucediendo en algunas clases con David Meloni, lo que me llama la atención es la propia manera de enseñar.
Observar cómo un gran profesor utiliza las palabras, las demostraciones, las correcciones y los silencios es, en sí mismo, una lección de pedagogía. Me recuerda que la enseñanza del yoga es un proceso de aprendizaje permanente, que no basta con acumular años de experiencia si dejamos de cuestionarnos lo que hacemos y que siempre podemos afinar nuestra mirada, mejorar nuestras instrucciones y revisar nuestros hábitos.
Después de tantos años, sigo disfrutando enormemente de mi papel como alumna. Quizá porque cuanto más estudio, más consciente soy de todo lo que todavía puedo aprender.
Muchas de estas reflexiones sobre la práctica, la filosofía y la enseñanza las comparto también en el blog de Yoga con Gloria, que quiero convertir en un espacio para estudiar, investigar y profundizar en el yoga más allá de las redes sociales.
Entonces, ¿debe un profesor de yoga demostrar las posturas?
Mi respuesta es sencilla: sí, cuando la demostración ayuda a enseñar, pero no necesariamente durante toda la clase.
La cuestión no es elegir entre demostrar u observar, como si fueran actividades incompatibles, sino aprender a utilizar cada recurso en el momento adecuado. Una buena demostración puede aclarar una acción; una observación atenta puede descubrir una dificultad; una corrección precisa puede facilitar un aprendizaje; un soporte bien elegido puede transformar la experiencia de una postura y un silencio oportuno puede permitir que el alumno descubra algo por sí mismo.
Para mí, ahí reside buena parte del arte de enseñar yoga: no en demostrar continuamente lo que sabemos hacer, sino en desarrollar la capacidad de ayudar a otros a comprender su propia práctica. Porque ser un buen practicante es importante, pero aprender a ser un buen profesor requiere algo más.
Requiere aprender a mirar.
Y tú, ¿qué opinas?
Me gustaría conocer tu experiencia. Si eres practicante, ¿prefieres que tu profesor realice las posturas contigo o que dedique más tiempo a observarte y ayudarte? Y si eres profesor de yoga, ¿cómo encuentras el equilibrio entre demostrar, explicar, corregir y dejar que tus alumnos experimenten?
¿Crees que demostramos demasiado? ¿O consideras que los alumnos necesitan ver las posturas para comprenderlas? Te leo en los comentarios. Me interesa mucho abrir esta conversación, porque reflexionar sobre cómo enseñamos también es una forma de seguir aprendiendo.
Gloria Alcaide
Profesora de yoga y directora de Yoga Albahaca. Creadora de Yoga con Gloria y de la formación de profesores ENCOR.

El investigador Mark Singleton documenta en su obra Yoga Body: The Origins of Modern Posture Practice, publicada por Oxford University Press en 2010, cómo muchas de las formas del yoga postural actual se desarrollaron y transformaron especialmente durante los siglos XIX y XX.
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