¿Puede alguien convertirse en un buen profesor de yoga sin mantener una práctica personal constante?
Mi respuesta es clara: no.
Y sé que esta afirmación puede resultar incómoda. Especialmente en una época en la que parece que basta con completar una formación de doscientas horas, aprender unas cuantas secuencias y obtener un certificado para comenzar a enseñar.
Pero enseñar yoga no consiste en repetir instrucciones ni en demostrar posturas.
Para mí, la práctica personal del profesor de yoga es el fundamento de su enseñanza. Es el lugar donde nace su conocimiento, se desarrolla su sensibilidad y madura su capacidad para observar y comprender a sus alumnos.
Y no estoy hablando de hacer posturas espectaculares. Estoy hablando de algo mucho más profundo.
¿Por qué es importante la práctica personal para un profesor de yoga?
Un profesor de yoga necesita estudiar anatomía, biomecánica, filosofía, pedagogía y secuenciación. Necesita aprender a comunicarse, observar, adaptar y acompañar.
Pero hay un conocimiento que no puede adquirirse únicamente leyendo, escuchando conferencias o asistiendo a una formación. Es el conocimiento que nace de la experiencia.
Podemos estudiar durante horas el funcionamiento de la articulación coxofemoral. Podemos aprender qué músculos intervienen en una postura, cómo se orienta la pelvis o qué acciones buscamos en la columna vertebral. Todo ello es necesario. Sin embargo, otra cosa muy distinta es reconocer esas acciones en nuestro propio cuerpo, experimentar cómo se relacionan entre sí y descubrir qué sucede cuando modificamos un detalle aparentemente insignificante.
La práctica personal nos permite contrastar la teoría con la experiencia. Es nuestro laboratorio. Y un laboratorio que nunca utilizamos difícilmente puede enseñarnos algo nuevo.
Los primeros 8 años de práctica: Donkey work de Iyengar
B. K. S. Iyengar utilizaba una expresión especialmente gráfica para describir una etapa fundamental del aprendizaje: Donkey work, trabajo de burro.
En otro artículo de este blog, dedicado a los años necesarios para aprender yoga según el Maestro Iyengar, ya reflexioné sobre ese periodo prolongado de trabajo, repetición, disciplina y esfuerzo.
Y es que los primeros años de práctica son, en buena medida, años de construcción. Aprendemos a colocar los pies, a extender las piernas, a reconocer la posición de la pelvis, a organizar los hombros y a comprender las acciones fundamentales de cada asana. En Utthita Trikonasana investigamos la rotación de la cabeza del fémur, la extensión de las piernas, la relación entre los dos lados del tronco y la posición de las escápulas. En Virabhadrasana I aprendemos a trabajar con la orientación de las caderas, la extensión de la columna, la acción de los brazos y el pliegue de las ingles.
Nos familiarizamos con instrucciones como elevar las rótulas, extender la piel de los muslos, dirigir los omóplatos hacia dentro o «escurrir» los brazos.
Poco a poco, esas indicaciones dejan de ser palabras extrañas, empezamos a reconocerlas, después, a ejecutarlas y finalmente, a integrarlas.
Este trabajo puede parecer repetitivo, incluso tedioso. Pero está construyendo algo esencial: nuestra capacidad de atención.
La alineación no es simplemente una manera de colocar el cuerpo. Es también una manera de educar la percepción.
Y cuando esa percepción madura, comienza otra etapa extraordinariamente interesante.
De la alineación externa a la percepción interna
Al principio, gran parte de nuestra atención se dirige hacia el exterior de las posturas. Necesitamos recordar dónde colocar los pies, cómo extender las piernas o hacia dónde girar el tronco. Pero, después de años de práctica consciente, muchas de esas acciones empiezan a estar asimiladas. Ya no necesitamos pensar continuamente en ellas. Y entonces nuestra atención puede dirigirse hacia aspectos mucho más sutiles. Comenzamos a percibir movimientos internos casi imperceptibles: Pequeños cambios en la distribución del peso, tensiones que aparecen y desaparecen, diferencias entre ambos lados del cuerpo, la respuesta de la piel a una acción muscular, la expansión de las costillas, la relación entre la posición de la columna y la libertad de la respiración. Incluso podemos reconocer sensaciones internas asociadas al movimiento de la caja torácica, el abdomen y los órganos, sin confundir esa percepción subjetiva con una observación anatómica directa.
La postura deja de ser una forma que intentamos reproducir, se convierte en un territorio que exploramos.
Y lo maravilloso es que ese territorio parece no agotarse nunca. Podemos llevar veinte años practicando una misma postura y descubrir, de pronto, una relación que hasta entonces nos había pasado inadvertida.
Una acción en el pie modifica nuestra percepción de la pelvis.
Una pequeña reorganización de las escápulas transforma el espacio del tórax.
Un ajuste en la dirección del sacro cambia la calidad de la extensión de la columna.
Empezamos a comprender que ninguna acción ocurre de manera completamente aislada. Todo está relacionado.
Y cuanto más profunda es nuestra observación, menos nos interesa conseguir una postura bonita y más nos importa comprender lo que realmente está sucediendo.
Despertar la inteligencia de las células
Iyengar hablaba de «despertar la inteligencia de las células». Es una de las expresiones que mejor representan, para mí, la profundidad de su enseñanza.
No la interpreto literalmente (¿o sí?), como si cada célula poseyera una conciencia independiente, sino como una imagen de la extraordinaria sensibilidad corporal que puede desarrollarse mediante una práctica sostenida.
Despertar esa inteligencia significa aprender a llevar nuestra atención a cualquier parte del cuerpo.
No solamente a los grandes músculos o a las articulaciones más evidentes.
También a los extremos, a las superficies, a las profundidades y a las zonas que normalmente permanecen fuera de nuestra percepción.
Al norte, uttara, al sur, dakṣiṇa, al este, pūrva, al oeste, paścima.
Utilizo estas cuatro direcciones como una imagen de la totalidad: la capacidad de recorrer nuestro cuerpo con la atención y explorar cada uno de sus territorios.
¿Podemos percibir qué ocurre en la piel de la espalda mientras extendemos los brazos?
¿Somos capaces de reconocer una diferencia sutil entre ambos lados del abdomen?
¿Podemos observar cómo cambia la respiración cuando modificamos ligeramente la posición del esternón?
¿Detectamos una tensión antes de que se convierta en dolor o en esfuerzo excesivo?
Esta capacidad no aparece por memorizar instrucciones.
Se desarrolla practicando, practicando mucho. Y, sobre todo, practicando con una atención que se vuelve cada vez más delicada.
No basta con repetir una postura cientos de veces si nuestra mente permanece ausente. La repetición es necesaria, pero debe estar acompañada de observación, investigación y discernimiento.
De asana a pranayama: una progresión en la sensibilidad
Aquí encontramos una de las razones por las que, tradicionalmente, se recomienda establecer primero una base sólida en asana antes de profundizar en pranayama.
Al comienzo de nuestro aprendizaje, el cuerpo reclama gran parte de nuestra atención.
Tenemos que comprender las acciones, desarrollar estabilidad, reconocer nuestras limitaciones y aprender a trabajar sin generar tensiones innecesarias.
Con el tiempo, esa capacidad de observación se vuelve más refinada. Y entonces estamos mejor preparados para dirigirla hacia fenómenos todavía más sutiles.
La respiración es uno de ellos. Pranayama no consiste simplemente en inspirar y espirar profundamente. Es una disciplina que exige sensibilidad, paciencia y una extraordinaria capacidad de atención.
Necesitamos aprender a observar la respiración antes de pretender modificarla. Reconocer sus ritmos, percibir la expansión de la caja torácica, distinguir una respiración amplia de una respiración forzada, observar las pausas sin precipitarnos a intervenir, reconocer cómo una tensión en el rostro, la garganta, el abdomen o el diafragma modifica la experiencia respiratoria.
La sensibilidad desarrollada durante años en asana nos proporciona herramientas para este trabajo.
Por supuesto, un principiante puede aprender a observar su respiración desde el primer día. Pero una cosa es desarrollar conciencia respiratoria y otra profundizar en técnicas complejas de pranayama. Estas últimas requieren preparación, estabilidad y una progresiva madurez en la observación.
La secuencia de aprendizaje no es arbitraria, tiene un sentido que se comprende cada vez mejor cuando se experimenta personalmente.
Pratyahara: cuando los sentidos se dirigen hacia el interior
Y todavía podemos ir más allá.
Cuando practicamos con una atención verdaderamente profunda, puede llegar un momento en el que el mundo exterior parece desaparecer.
Los sonidos continúan ahí.
Las personas siguen moviéndose a nuestro alrededor.
Pero dejan de reclamar nuestra atención.
Estamos completamente inmersos en la experiencia.
Ya no pensamos en cómo se ve nuestra postura, en lo que tenemos que hacer después o en cuánto tiempo falta para terminar.
Toda nuestra atención está reunida en lo que sucede.
Esta experiencia puede acercarnos a pratyahara, la interiorización o recogimiento de los sentidos, uno de los ocho miembros del yoga descritos por Patañjali.
Y no necesariamente tenemos que cerrar los ojos para empezar a reconocerla.
Puede ocurrir durante una asana.
El cuerpo continúa trabajando, pero la mente deja de dispersarse.
La percepción se dirige hacia el interior.
La acción y la observación comienzan a encontrarse.
La meditación en acción de Iyengar
Cuando esa atención se estabiliza, la práctica puede adquirir una dimensión todavía más profunda.
Dejamos de saltar mentalmente de una instrucción a otra, la concentración se sostiene, la percepción se vuelve continua, el cuerpo actúa, pero la mente no se encuentra dispersa.
Es una experiencia relacionada con lo que Iyengar describía como meditación en acción.
No se trata de hacer posturas mientras pensamos en asuntos espirituales.
Se trata de que la acción física, la inteligencia y la atención formen parte de una misma experiencia.
En este proceso podemos reconocer elementos de dharana, la concentración, y aproximarnos a la continuidad de atención propia de dhyana, la meditación.
No pretendo presentar estos estados como logros automáticos que aparecen después de un número determinado de años, tampoco como etapas rígidas que todo practicante experimenta de idéntica manera, pero sí quiero destacar algo que considero fundamental:
La práctica madura transforma nuestra manera de percibir.
Y esa transformación es extraordinariamente valiosa cuando nos convertimos en profesores.
¿Por qué debemos practicar una postura antes de enseñarla?
Porque no podemos transmitir con profundidad aquello que apenas conocemos. Y conocer una postura no significa únicamente saber cómo se coloca el cuerpo. Significa haber investigado sus acciones fundamentales, haber reconocido sus dificultades, comprender las relaciones entre las distintas partes del cuerpo, saber qué puede modificarse y qué conviene preservar. Haber experimentado diferentes maneras de abordarla y conocer sus límites, sus posibilidades y sus adaptaciones.
Pensemos en Adho Mukha Svanasana.
Podemos aprender rápidamente a indicar que los alumnos apoyen las manos, eleven la pelvis y extiendan los brazos y las piernas.
Pero ¿Qué sucede cuando una persona no puede extender las rodillas sin redondear la espalda?
¿Y cuando otra descarga demasiado peso sobre las muñecas?
¿Y cuando alguien parece perfectamente alineado, pero está sosteniendo la postura con una tensión innecesaria en el cuello?
¿O cuando el alumno no comprende una indicación que para nosotros resulta evidente?
Entonces descubrimos que enseñar no consiste en recitar instrucciones, necesitamos comprender qué estamos buscando y cómo ayudar a cada persona a aproximarse a ello.
La práctica personal nos permite desarrollar ese conocimiento vivido.
Pero no trabaja sola: necesita complementarse con el estudio de la anatomía, la biomecánica, la pedagogía y la observación de cuerpos diferentes.
Nuestra experiencia personal no es una verdad universal, es una herramienta de aprendizaje que debemos utilizar con inteligencia.
El profesor experimentado puede enseñar sin demostrar
Esta es otra consecuencia maravillosa de una práctica asentada.
Un profesor que lleva muchos años investigando las posturas no necesita ejecutarlas constantemente para poder enseñarlas.
Conoce las acciones, recuerda las dificultades, reconoce las compensaciones habituales, comprende qué está intentando conseguir mediante cada instrucción y puede dedicar su atención a observar a sus alumnos.
En mi artículo «¿Debe un profesor de yoga demostrar las posturas?» reflexiono precisamente sobre esta cuestión.
Demostrar puede ser una herramienta pedagógica excelente, pero no es lo mismo que enseñar. Cuando observamos a nuestros alumnos, comenzamos a reconocer diferencias que pueden pasar inadvertidas para alguien con menos experiencia. Vemos quién todavía está intentando comprender las acciones básicas, quién ha desarrollado una práctica más asentada, quién parece estar imitando una forma sin comprenderla, quién necesita un soporte, quién podría profundizar un poco más y quién necesita descansar.
Pero aquí quiero introducir un matiz importante. Un profesor experimentado no puede saber exactamente lo que siente otra persona.
Puede interpretar señales, reconocer patrones y formular hipótesis a partir de lo que observa. Después debe preguntar, escuchar y contrastar.
Porque una postura que parece sencilla desde fuera puede resultar extraordinariamente exigente para quien la realiza.
Y una postura que parece imperfecta puede representar un trabajo profundo, inteligente y adecuado para ese alumno.
La experiencia nos ayuda a observar mejor. La humildad nos recuerda que nunca debemos dar por supuesto que lo sabemos todo.
¿Cuánto debe practicar un profesor de yoga?
Es una pregunta frecuente y no creo que exista una cifra universal de horas semanales que garantice una buena enseñanza.
Dependerá de la experiencia, la salud, las circunstancias personales y la etapa de aprendizaje.
Pero sí considero que un profesor necesita reservar un espacio regular para su propia práctica.
Y conviene distinguir entre tres actividades:
- Asistir a clases. Nos permite
Las tres actividades pueden complementarse.
- Aprender de otros profesores, recibir indicaciones y descubrir nuevas perspectivas.
- Enseñar clases. Desarrolla nuestra capacidad pedagógica, pero nuestra atención está dirigida fundamentalmente hacia los alumnos.
- Practicar personalmente. Nos ofrece el espacio para investigar, repetir, observar y profundizar sin tener que explicar nada a nadie.
Pero no son equivalentes. Dar cinco clases al día no significa haber realizado cinco sesiones de práctica personal.
Y demostrar algunas posturas durante una clase tampoco sustituye ese trabajo.
En mi artículo anterior, «La práctica personal», explicaba la importancia de la sadhana como una experiencia individual que se cultiva en soledad y silencio.
Esa dimensión sigue siendo esencial.
Necesitamos momentos en los que dejemos de ser profesores y volvamos a ser, sencillamente, practicantes.
¿Cómo mantener la práctica personal cuando ya eres profesor?
Este es uno de los grandes retos de nuestra profesión.
A medida que comenzamos a enseñar, aparecen las clases, los horarios, la preparación de secuencias, las gestiones y las responsabilidades.
Y, paradójicamente, podemos acabar dedicando tanto tiempo a enseñar yoga que dejamos de practicarlo.
Me parece un error enorme.
No porque debamos exigirnos sesiones interminables todos los días, sino porque la práctica es el lugar donde seguimos alimentando nuestra enseñanza.
Mi recomendación es reservar un tiempo propio, aunque sea modesto, y protegerlo como protegemos el horario de una clase.
Un tiempo para investigar una postura.
Para repetir una acción.
Para trabajar con soportes.
Para observar la respiración.
Para estudiar una dificultad que hemos encontrado.
O, simplemente, para permanecer en silencio.
La práctica personal no tiene que convertirse en otra obligación productiva.
No necesitamos publicar fotografías, grabar vídeos ni demostrar nuestros avances.
Necesitamos practicar.
Y seguir siendo alumnos.
¿Puede un profesor de yoga enseñar si no realiza posturas avanzadas?
Sí. Y me parece fundamental dejarlo claro.
Cuando defiendo la importancia de ser un gran practicante, no estoy hablando de virtuosismo físico.
Una persona puede tener limitaciones de movilidad, lesiones, enfermedades o dificultades para realizar determinadas asanas y, sin embargo, desarrollar una práctica extraordinariamente profunda.
La madurez no se mide por la capacidad para hacer Hanumanasana, Natarajasana o cualquier gran extensión de columna.
Se reconoce en la comprensión, la sensibilidad, el criterio y la capacidad de adaptación.
A veces, precisamente nuestras limitaciones nos obligan a investigar con mayor profundidad.
Nos enseñan a utilizar soportes, a modificar acciones y a abandonar la idea de que existe una única forma correcta para todos los cuerpos.
Lo importante no es poder hacerlo todo, es comprender lo que enseñamos y reconocer honestamente los límites de nuestra competencia.
Si no practicas yoga, ¿puedes enseñarlo?
Volvemos a la pregunta inicial.
Para mí, la práctica personal del profesor de yoga no es un complemento opcional, es una responsabilidad.
Un certificado acredita que hemos completado una determinada formación. Pero no puede sustituir la experiencia que adquirimos mediante años de investigación personal.
Tampoco basta con haber practicado mucho en el pasado, la práctica necesita mantenerse viva. Porque nuestro cuerpo cambia, nuestra percepción evoluciona, nuestros conocimientos se amplían.
Y las preguntas que nos hacemos hoy no son las mismas que nos hacíamos hace diez o veinte años.
Después de más de veinticinco años practicando yoga, sigo descubriendo aspectos nuevos en posturas que conozco desde hace muchísimo tiempo.
Y cuanto más estudio, más consciente soy de lo que todavía tengo que aprender.
Por eso me preocupa que algunas personas consideren la práctica personal como algo que se hace durante la formación y que después puede abandonarse.
La formación no debería ser el final de nuestra etapa como alumnos. Debería proporcionarnos herramientas para seguir aprendiendo durante toda la vida.
Un buen profesor necesita conocimiento teórico, capacidad pedagógica, ética, observación y experiencia, pero necesita también una práctica que siga transformando su manera de comprender el yoga. Porque podemos aprender a repetir las palabras de un gran maestro, pero lo verdaderamente difícil es llegar a comprender, a través de nuestra propia experiencia, aquello que esas palabras intentan transmitir.
La práctica personal no es lo que hacemos antes de convertirnos en profesores de yoga. Es lo que nos permite seguir siéndolo.
Y por eso lo afirmo sin rodeos:
Si no hay práctica personal, no hay verdadera enseñanza del yoga.
Una pregunta para quienes enseñáis yoga
Quiero terminar con una reflexión.
¿Cuánto tiempo dedicas cada semana a practicar exclusivamente para ti?
Sin alumnos, sin preparar secuencias, sin cámaras, sin demostrar nada. Simplemente practicando, investigando y aprendiendo.
Porque quizá la calidad de nuestra enseñanza dependa, en buena medida, de que nunca dejemos de ser alumnos.
En mi formación de profesores ENCOR trabajamos la práctica personal junto con la anatomía, la biomecánica, la alineación, la percepción, la pedagogía y la filosofía del yoga.
No se trata solamente de aprender a dar clases, sino de desarrollar el conocimiento y el criterio necesarios para enseñar con responsabilidad.
Porque antes de enseñar a otros a observarse, necesitamos haber aprendido a observarnos nosotros mismos.
Gloria Alcaide Cabrera
Yoga con Gloria · Alineación, Percepción, Corazón
Hari Om Tat Sat

Mi cuarto libro: Cómo vivir del Yoga
La escoliosis es una alteración tridimensional de la columna vertebral.
Una pared, una silla, un cinturón, unas mantas o un bolster pueden transformar completamente la experiencia de una postura.
El
Modificar las exigencias de una postura
¿Debe un profesor de yoga demostrar todas las posturas?
Cuándo demostrar, cuándo corregir y cuándo guardar silencio
El investigador Mark Singleton documenta en su obra Yoga Body: The Origins of Modern Posture Practice, publicada por Oxford University Press en 2010, cómo muchas de las formas del yoga postural actual se desarrollaron y transformaron especialmente durante los siglos XIX y XX.
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Beneficios del yoga en la menopausia
¿Quieres adaptar tu práctica a la menopausia?
Imaginemos algo aparentemente sencillo: Vrksasana, la postura del árbol. Una alumna entra en la postura y consigue mantenerse en equilibrio. ¿Está bien hecha? Esta pregunta, en realidad, me interesa bastante poco. Prefiero preguntarme:
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