Formación de profesores de yoga: ¿sabes lo que necesitas aprender para enseñar de verdad?

Profesora de yoga

¿Estoy preparada para hacer una formación de profesores de yoga? Esta es una de las preguntas que más escucho entre personas que llevan un tiempo practicando y empiezan a sentir curiosidad por profundizar en el yoga o incluso por enseñarlo. Muchas creen que antes de empezar una formación deberían practicar mejor, ser más flexibles, dominar determinadas posturas o llevar muchos años haciendo yoga. Pero realmente ¿sabes lo que necesitas aprender para enseñar de verdad?

Pero yo empezaría por otra pregunta: ¿Para qué quieres hacer una formación de profesores de yoga? Porque formarse para enseñar yoga no consiste simplemente en aprender más asanas ni en obtener un certificado. Una buena formación debería cambiar tu manera de practicar, de observar y de comprender el yoga y, sobre todo, debería ayudarte a desarrollar algo que considero fundamental para cualquier profesora: criterio.

¿Qué se aprende realmente en una formación de profesores de yoga?

Cuando eres alumna puedes seguir una clase. Escuchas una instrucción, intentas comprenderla y la llevas a tu cuerpo. Pero cuando estás al otro lado de la sala ocurre algo completamente diferente. Ahora tienes delante diez, quince o veinte cuerpos distintos. Una persona tiene las rodillas en valgo, otra presenta una gran hiperlaxitud, otra apenas puede mover los hombros, otra tiene miedo y otra intenta hacer exactamente lo mismo que la persona que tiene al lado aunque su cuerpo necesite algo completamente diferente.

Y tú tienes que observar, tomar decisiones, dar instrucciones, adaptar, utilizar soportes cuando sean necesarios y comprobar qué sucede después de cada intervención. Por eso, una formación de profesores de yoga debería enseñarte mucho más que un repertorio de posturas. Debería enseñarte a mirar.

Aprender a observar una postura de yoga

VrksasanaImaginemos algo aparentemente sencillo: Vrksasana, la postura del árbol. Una alumna entra en la postura y consigue mantenerse en equilibrio. ¿Está bien hecha? Esta pregunta, en realidad, me interesa bastante poco. Prefiero preguntarme: ¿Qué está ocurriendo en su cuerpo?

Empiezo observando el pie y la pierna de apoyo: cómo distribuye el peso, qué ocurre con el arco del pie y qué dirección siguen la rodilla y el fémur. Después observo la pelvis y compruebo si permanece organizada sobre la pierna de apoyo o si todo el cuerpo se desplaza lateralmente para conseguir mantener el equilibrio. También puedo encontrar una pelvis que se desplaza hacia atrás, un aumento innecesario de la curva lumbar o compensaciones que continúan hacia la columna, los hombros y el cuello.

En pocos segundos puedo encontrar muchas cosas. Pero aquí aparece una de las habilidades más importantes que debería desarrollar una profesora de yoga: no corregirlo todo.

Corregir una postura no significa señalar todos sus errores

Cuando una profesora empieza a aprender alineación es frecuente que quiera corregir cada detalle que observa: el pie, la rodilla, la pelvis, las costillas, los hombros, el cuello, los brazos, la mirada… Pero una persona no puede integrar ocho instrucciones simultáneamente y una clase tampoco debería convertirse en una sucesión interminable de órdenes.

Por eso, antes de corregir hay una pregunta fundamental: ¿Qué corregiría primero? Quizá la organización del pie cambie la dirección de toda la pierna; quizá al reorganizar la pierna cambie también la pelvis y quizá, al estabilizar la base, desaparezca una compensación que estábamos observando en la parte superior del cuerpo. Esto es enseñar. No consiste únicamente en saber detectar lo que no funciona, sino en establecer prioridades.

Mi manera de resumirlo es muy sencilla: OBSERVA. PRIORIZA. DA UNA INSTRUCCIÓN. Y VUELVE A OBSERVAR.

Porque después de una corrección siempre debería existir una nueva observación. Tenemos que comprobar qué ha cambiado, si nuestra instrucción ha funcionado, si ha mejorado una parte de la postura pero ha generado tensión en otra o si necesitamos mantener esa indicación, modificarla o probar algo diferente. Una profesora no debería limitarse a emitir instrucciones: tiene que aprender a observar sus efectos.

Aprender a utilizar los soportes con un propósito

Bloques, cinturones, mantas, sillas, pared, cuerdas… Los soportes pueden ampliar enormemente las posibilidades de una práctica de yoga. Pero utilizar soportes no significa simplemente colocar un ladrillo debajo de una mano porque hemos visto hacerlo así en otra clase. La pregunta siempre debería ser: ¿para qué estoy utilizando este soporte?

Podemos querer mejorar una acción, dar estabilidad, permitir que una persona permanezca más tiempo en una postura, reducir una dificultad o hacer más evidente una dirección que todavía no puede percibir. Incluso dos personas realizando la misma asana pueden necesitar soportes diferentes porque sus dificultades y necesidades no son las mismas.

Por eso, aprender a utilizar material también exige comprender qué estamos observando y qué queremos conseguir. El soporte no es el objetivo; es una herramienta pedagógica. Y precisamente el uso inteligente de soportes es una de las cosas que más puede enriquecer la enseñanza cuando comprendemos realmente para qué los utilizamos.

Aprender a secuenciar una clase de yoga

Este es otro de los grandes cambios que se producen cuando pasamos de practicar yoga a aprender a enseñarlo. Una alumna puede disfrutar perfectamente de una secuencia sin saber por qué está construida de determinada manera. Una profesora debería saberlo.

Secuenciar una clase de yoga no consiste en juntar posturas. Antes de elegir las asanas debería existir una pregunta: ¿qué quiero conseguir con esta práctica? A partir de ahí empiezan las decisiones. Tenemos que pensar qué acciones necesitamos trabajar, qué zonas del cuerpo debemos preparar, qué dificultades pueden aparecer, qué postura puede preparar a la siguiente, cómo vamos a aumentar progresivamente la complejidad o la intensidad y cómo queremos terminar la práctica.

Cuando una secuencia está bien construida, las posturas no aparecen de forma arbitraria. Cada una tiene una función dentro de un recorrido.

¿Por qué esta postura y por qué ahora?

Pensemos, por ejemplo, en Paryankasana. Podría enseñarte cómo colocar el cuerpo, cómo utilizar los soportes o qué acciones buscar en la postura. Pero para una profesora hay otra cuestión igualmente interesante: ¿Por qué Paryankasana aparece aquí? ¿Por qué en este momento de la clase? ¿Qué hemos hecho antes, qué estamos preparando y qué va a ocurrir después?

Estas preguntas son muchísimo más interesantes que memorizar una secuencia completa. De hecho, cuando trabajo secuenciación con mis alumnas no quiero que aprendan de memoria mis clases. Quiero que aprendan a hacerse constantemente tres preguntas: ¿Por qué esta postura?, ¿Por qué ahora?, ¿Qué debería venir después?

Cuando empiezas a responderlas, empiezas a comprender realmente cómo secuenciar una clase de yoga.

Una profesora de yoga necesita comprender las relaciones entre las posturas

Las asanas no son elementos aislados. Existen acciones que aparecen una y otra vez y que podemos reconocer en diferentes familias de posturas. Una acción que has aprendido en una postura de pie puede ayudarte posteriormente en una flexión hacia delante; la comprensión de la pelvis en una postura básica puede resultar fundamental cuando llegues a una postura mucho más compleja; una acción de los hombros que has trabajado previamente puede preparar una inversión.

Por eso las posturas básicas son tan importantes. No lo son únicamente porque sean “más fáciles”, sino porque son el lugar en el que aprendemos acciones que después aparecerán en situaciones cada vez más complejas. Cuando comprendes estas relaciones, dejas de ver el yoga como un catálogo de asanas y empiezas a comprender un sistema.

Enseñar yoga también significa aprender a adaptar

Uno de los mayores errores que podemos cometer como profesores es intentar que todas las personas hagan exactamente la misma postura de la misma manera. No tenemos cuerpos idénticos. Tampoco tenemos la misma edad, historia corporal, movilidad, fuerza, experiencia ni capacidad de percepción.

Por eso enseñar yoga requiere aprender a observar diferencias. Tenemos que saber cuándo una persona necesita un soporte o una variante, cuándo podemos pedirle algo más y cuándo deberíamos simplificar. También necesitamos distinguir cuándo una dificultad forma parte del proceso natural de aprendizaje y cuándo estamos exigiendo algo que, para esa persona y en ese momento, no tiene sentido.

La enseñanza empieza a ser verdaderamente interesante cuando dejamos de enseñar solamente posturas y empezamos a enseñar a personas.

¿Necesito hacer posturas avanzadas para ser profesora de yoga?

No necesitas realizar las posturas más espectaculares para empezar una formación de profesores de yoga. Ser capaz de hacer una asana compleja no te convierte automáticamente en buena profesora, del mismo modo que no realizar determinadas posturas no significa que no puedas aprender a enseñar.

Evidentemente, una profesora necesita practicar y debería seguir practicando durante toda su vida. Nuestra propia práctica es nuestro laboratorio. Pero enseñar requiere otras capacidades además de la ejecución física: observar, comprender, comunicar, adaptar, secuenciar y seguir estudiando. Tu capacidad como docente no puede medirse exclusivamente por la dificultad de las posturas que puedes realizar.

Entonces, ¿cómo saber si estás preparada para hacer una formación de profesores de yoga?

Quizá no necesites preguntarte si ya sabes suficiente. Precisamente hacemos una formación porque todavía tenemos mucho que aprender. Puedes preguntarte, en cambio, si tienes curiosidad por comprender lo que haces, si quieres dejar de limitarte a seguir instrucciones, si te interesa entender el cuerpo y las acciones de las posturas y si quieres saber por qué una secuencia está construida de determinada manera.

También puedes preguntarte si estás dispuesta a practicar, estudiar, observar a otras personas, equivocarte y volver a observar. Puede que quieras convertirte en profesora de yoga, puede que todavía no lo sepas o puede que simplemente quieras profundizar muchísimo más en tu propia práctica. Las tres razones son válidas.

Porque una buena formación de yoga no debería servir únicamente para formar profesores. Debería formar también practicantes más conscientes, autónomos y capaces de comprender lo que hacen.

Qué buscar en una formación de profesores de yoga de 200 horas

Si estás comparando distintas formaciones de profesores de yoga de 200 horas, no te fijes únicamente en el número de horas o en el certificado que recibirás al terminar. Mira el contenido y, sobre todo, pregunta cómo va a ser el aprendizaje.

Una formación sólida debería abordar aspectos como la práctica de asana, la alineación, la anatomía aplicada al yoga, la observación, las adaptaciones, el uso de soportes, la secuenciación, la práctica personal, el pranayama y la filosofía del yoga. Pero también debería darte oportunidades reales para aprender a enseñar, recibir feedback y trabajar con cuerpos y situaciones diferentes.

Y hay una pregunta que para mí es fundamental: ¿Esa formación va a ayudarte a desarrollar tu propio criterio? Porque llegará un momento en el que estarás sola delante de tus alumnos y entonces no podrás limitarte a recordar cómo lo hacía tu profesora. Tendrás que observar lo que está ocurriendo delante de ti y tomar una decisión.

De alumna a profesora: el verdadero cambio

Para mí, esta es una de las transformaciones más bonitas que se producen durante una formación. Al principio practicas y después empiezas a observar. Poco a poco comienzas a relacionar unas cosas con otras, comprendes por qué hacemos algo, reconoces acciones, detectas compensaciones, utilizas un soporte con una intención concreta, construyes una secuencia con un objetivo y aprendes a decidir qué corregir y qué dejar para otro momento.

Y llega un día en el que ya no estás simplemente reproduciendo lo que has aprendido. Estás empezando a pensar como profesora.

Ese es, para mí, el verdadero cambio. No saber más nombres de posturas, conseguir una asana espectacular o acumular un certificado más. El verdadero cambio es desarrollar criterio.

¿Quieres empezar a aprender para enseñar yoga de verdad?

Si todavía no sabes si una formación de profesores de yoga es para ti, puedes empezar por algo mucho más sencillo: comienza a observar tus propias clases. Cuando tu profesora introduzca una postura, pregúntate por qué aparece en ese momento, qué está preparando, qué acción se repite, qué ha cambiado respecto a la postura anterior y qué ocurriría si modificáramos el orden.

Ese pequeño cambio puede transformar completamente tu manera de practicar.

Si quieres empezar a construir tus propias clases, he preparado una guía gratuita: “Diseña tu primera clase en 30 minutos”. En ella encontrarás una estructura sencilla para dejar de juntar posturas y empezar a construir una práctica con intención.

Y si sientes que ha llegado el momento de dar un paso mucho más profundo, mi formación TT-200 ENCOR Esencial está diseñada precisamente para eso: aprender las bases de la enseñanza, la observación, la alineación, la secuenciación y la práctica con criterio.

Porque enseñar yoga no consiste en tener todas las respuestas.

Consiste en aprender a mirar mejor.

¿Cuál es el verdadero objetivo del yoga? Mucho más que hacer posturas

El mayor empobrecimiento del yoga no ha sido alejarlo del hinduismo; ha sido alejarlo de su propósito.

Vivimos un momento extraordinario para el yoga.

Nunca tantas personas habían practicado asanas. Nunca había habido tantas escuelas, tantos profesores, tantos libros, tantos retiros y tantos estudios científicos que avalan sus beneficios.

Y, sin embargo, nunca había sido tan fácil practicar yoga durante años sin llegar a conocer realmente qué es el yoga.

Hace unos días leí una publicación de una profesora que decía que practicaba yoga todos los días, pero que el hinduismo y sus dioses no le interesaban. Que ella prefería seguir siendo cristiana.

No fue esa afirmación la que llamó mi atención.

Cada persona es libre de vivir su espiritualidad como considere. Nunca he pensado que practicar yoga sea incompatible con el cristianismo, el budismo, el islam, el judaísmo o cualquier otra tradición espiritual.

Lo que realmente me hizo detenerme fue otra pregunta.

¿Cómo es posible practicar yoga durante años y que nadie te haya explicado cuál es su verdadero objetivo?

Y entonces comprendí que el problema no es una religión u otra.

El problema es mucho más profundo.

Hemos vaciado el yoga de su contenido

Creo que el gran drama del yoga contemporáneo es que hemos conservado su forma, pero hemos olvidado su esencia.

Hemos vaciado el yoga de su contenido hasta dejar únicamente su envoltorio.

Nos hemos quedado con las posturas.

Con la flexibilidad.

Con la fuerza.

Con la respiración.

Con la relajación.

Con la estética.

Pero hemos ido dejando atrás aquello que daba sentido a todo lo demás.

La filosofía.

La ética.

La disciplina interior.

La observación de la mente.

La meditación.

La búsqueda de la verdad.

La transformación del ser humano.

Y cuando todo eso desaparece, seguimos teniendo una práctica corporal magnífica.

Pero ya no estamos transmitiendo el yoga en el sentido en que lo entendieron los grandes maestros de esta tradición.

El verdadero objetivo del yoga es Kaivalya

Si estudiamos los Yoga Sutras de Patañjali, descubrimos que el objetivo del yoga nunca fue hacer mejores posturas.

Ni desarrollar un cuerpo perfecto.

Ni siquiera alcanzar una salud excelente, aunque todo ello pueda formar parte de sus beneficios.

El yoga tiene un propósito mucho más profundo.

Ese propósito se llama Kaivalya.

Kaivalya significa libertad.

La libertad respecto a la ignorancia.

Respecto al ego.

Respecto a los condicionamientos de la mente.

Respecto al sufrimiento que nace de identificarnos con aquello que cambia constantemente.

El yoga no pretende fabricar personas más flexibles.

Pretende formar seres humanos más libres.

Y comprender esta diferencia transforma por completo la práctica.

Las asanas nunca fueron el destino

Las asanas son extraordinarias.

Nos ayudan a cuidar el cuerpo.

A mantener la salud.

A desarrollar estabilidad, sensibilidad y fortaleza.

Pero las asanas nunca fueron el destino.

Siempre fueron el vehículo.

Preparan el cuerpo para permanecer estable.

Un cuerpo estable facilita una respiración serena.

Una respiración serena aquieta la mente.

Y una mente aquietada puede comenzar el verdadero trabajo del yoga.

Por eso, en los ocho miembros descritos por Patañjali, Asana ocupa únicamente un lugar.

Antes aparecen Yama y Niyama, los principios éticos sobre los que se construye toda la práctica.

Después llegan Pranayama, Pratyahara, Dharana, Dhyana y Samadhi.

Todo el recorrido apunta hacia una única dirección.

Kaivalya.

Reducir el yoga únicamente a las posturas es como pensar que aprender música consiste solo en practicar escalas.

Las escalas son imprescindibles.

Pero no son la música.

Símbolos religiosos¿Es el yoga una religión?

Esta pregunta aparece con frecuencia.

Y creo que nace de otra confusión.

El yoga nació en la India y comparte un contexto histórico con diversas corrientes filosóficas y espirituales.

Por eso encontramos referencias a Ishvara, relatos tradicionales y símbolos propios de la cultura india.

Pero practicar yoga no significa convertirse al hinduismo.

En la tradición en la que yo me he formado, esos símbolos no son un fin en sí mismos. Son un lenguaje para expresar cualidades universales y señalar una realidad que trasciende cualquier imagen concreta.

Los Yoga Sutras hablan de Ishvara Pranidhana, la entrega a una realidad superior.

Cada practicante comprenderá esa realidad desde su propia experiencia espiritual.

Por eso nunca he visto contradicción entre practicar yoga y ser cristiano, budista, musulmán, judío o no pertenecer a ninguna religión.

Lo que todas las grandes tradiciones espirituales tienen en común

Con los años he dejado de preguntarme cuál es la mejor religión.

Prefiero hacerme otra pregunta.

¿Ese camino espiritual te está ayudando a convertirte en una mejor persona?

Más consciente.

Más compasiva.

Más honesta.

Más humilde.

Más generosa.

Más libre del miedo y del ego.

Si la respuesta es sí, entonces ese camino está cumpliendo su propósito.

Porque las grandes tradiciones espirituales utilizan lenguajes diferentes.

Ritos diferentes.

Símbolos diferentes.

Pero todas señalan, de un modo u otro, hacia la transformación del ser humano.

Hacia una vida más ética, más consciente, más amorosa y más libre.

Eso es también lo que propone el yoga.

No competir con otras religiones.

Sino ayudarnos a despertar.

Lo que realmente estamos perdiendo

Lo que me preocupa no es que alguien rece en una iglesia, en una mezquita, en una sinagoga, en un templo o en silencio.

Lo que me preocupa es que podamos practicar yoga durante décadas sin estudiar su filosofía.

Sin conocer sus textos.

Sin comprender por qué hacemos cada práctica.

Sin descubrir que las posturas son solo una pequeña parte de un camino inmenso.

Cuando desaparecen la ética, la meditación, el estudio y el propósito de transformación, seguimos teniendo una magnífica actividad física.

Pero hemos perdido precisamente aquello que convierte al yoga en yoga.

La verdadera medida de una práctica espiritual

Al final, la cuestión no es qué religión practicas. La cuestión es en quién te estás convirtiendo.

No me preocupa cómo llamas a Dios, me preocupa cómo tratas a las personas.

No me preocupa el nombre de tu tradición espiritual, me preocupa si tu práctica te está haciendo más consciente cuando nadie te mira.

Más compasiva cuando alguien te hiere, más humilde cuando tienes razón, más generosa cuando nadie puede devolverte el favor, más libre de tus reacciones automáticas.

Porque una postura perfecta no sirve de nada si seguimos viviendo dominados por el orgullo, el miedo o la ira.

Una respiración profunda no sirve de nada si no transforma nuestra manera de estar en el mundo.

El verdadero yoga no se mide por la flexibilidad del cuerpo.

Se reconoce en la serenidad de la mente, en la apertura del corazón y en la coherencia con la que vivimos.

Ese, para mí, es el auténtico propósito del yoga.

Y quizá haya llegado el momento de volver a hablar de él.

 

Gloria

Hari Om Tat Sat

La atención es el recurso más valioso del practicante espiritual

¿A qué dedico mi atención?

lo bello y lo triste

Hace unos días compré Lo bello y lo triste, de Yasunari Kawabata, en la Feria del Libro de Cuéllar.

Lo compré con ilusión. La faja hablaba de una obra de enorme sensibilidad, de una escritura pura y elegante, de una intensidad poco común. Todo invitaba a pensar que me esperaba una lectura de esas que dejan huella.

Sin embargo, al llegar aproximadamente a la mitad del libro, lo cerré.

Y decidí no volver a abrirlo.

No fue una decisión impulsiva ni un gesto de rebeldía. Simplemente sentí que ya no quería seguir dedicando mi tiempo y mi atención a esa historia.

Mientras avanzaba en sus páginas encontraba deseo, manipulación, heridas que nunca cicatrizan, venganzas, relaciones marcadas por el apego y personajes atrapados en un sufrimiento del que parecen incapaces de salir.

Y entonces me hice una pregunta.

¿Por qué este libro, tan reconocido y admirado por tantos lectores, no estaba resonando en mí?

La respuesta no tardó en aparecer.

No era el libro. Era yo.

Lo que buscamos también cambia

Quizá, cuando era más joven, esta novela me habría fascinado.

Tal vez habría seguido leyendo hasta el final para descubrir qué ocurría entre sus personajes. Quizá me habría parecido una historia intensa, llena de matices psicológicos, de pasiones humanas y de conflictos profundos.

Pero hoy ya no busco eso.

Y no porque haya dejado de interesarme el ser humano.

Al contrario.

Cada vez me interesa más.

Lo que ocurre es que ya no me interesa únicamente observar cómo sufrimos.

Me interesa comprender cómo dejamos de sufrir.

Ya no busco personajes atrapados en el deseo, el apego, los celos o la venganza.

Busco personas, libros y enseñanzas que me ayuden a cultivar la lucidez, la compasión, la paciencia y la libertad interior.

Supongo que eso también forma parte de hacerse mayor.

Cuando somos jóvenes solemos buscar experiencias intensas. Queremos sentir mucho. Nos atraen las grandes historias de amor, los dramas, los personajes atormentados, los conflictos apasionados. Hay una parte de la vida en la que todo eso nos ayuda a conocernos y a crecer.

Pero llega un momento —al menos así lo siento yo— en el que la intensidad deja de ser el objetivo.

Empieza a interesarnos algo mucho más difícil y mucho más valioso:

La claridad.

La serenidad.

La comprensión.

La paz.

La atención también es una práctica

Mientras pensaba en todo esto apareció una pregunta que ya no me ha abandonado.

¿A qué dedico mi atención?

Vivimos muy preocupados por cuidar aquello que damos a nuestro cuerpo.

Leemos etiquetas.

Elegimos alimentos más saludables.

Intentamos dormir mejor.

Hacemos ejercicio.

Pero pocas veces nos preguntamos con la misma seriedad de qué alimentamos nuestra mente.

Y la mente también come.

Se alimenta de los libros que leemos.

De las conversaciones que mantenemos.

De las noticias que consumimos.

De las redes sociales.

De las películas.

De las personas con las que compartimos nuestro tiempo.

Y, sobre todo, de los pensamientos que repetimos una y otra vez.

Cada una de esas elecciones va dejando una huella.

Quizá no hoy.

Quizá tampoco mañana.

Pero, poco a poco, terminan construyendo nuestra manera de mirar el mundo.

Por eso cada vez creo menos en la idea de que la práctica espiritual ocurre únicamente cuando nos sentamos a meditar o desenrollamos la esterilla.

El camino espiritual se construye mucho antes.

Se construye en cada conversación.

En cada dificultad.

En cada acto cotidiano.

En la forma en que respondemos cuando alguien nos hiere.

En cómo tratamos a quienes piensan distinto.

En aquello que elegimos leer antes de dormir.

En las historias con las que decidimos convivir.

Cada instante educa la mente.

Cada decisión deja una huella.

Elegir con qué quiero convivir

Casi al mismo tiempo que cerraba Lo bello y lo triste, abría Corazón abierto, mente lúcida, de Thubten Chodron, con prólogo del Dalai Lama.

Y sentí algo muy distinto.

No porque uno de los libros sea necesariamente mejor que el otro.

Sino porque respondía al momento vital en el que me encuentro.

Mientras una lectura me llevaba constantemente hacia personajes atrapados por sus pasiones y su sufrimiento, la otra me invitaba a observar mi propia mente, a comprender el origen del sufrimiento y a cultivar cualidades como la paciencia, la compasión y la sabiduría.

Comprendí entonces que elegir un libro también es elegir una compañía.

Y eso me hizo pensar en toda la vida.

Porque no solo elegimos libros.

Elegimos conversaciones.

Elegimos amistades.

Elegimos qué vemos en internet.

Elegimos qué escuchamos.

Elegimos en qué pensamos.

Elegimos dónde ponemos nuestra atención.

Y esa atención acaba convirtiéndose, silenciosamente, en nuestra manera de ser.

Una práctica para toda la vida

No escribo estas líneas para convencer a nadie de que deje de leer una novela o empiece otra.

Cada persona recorre su propio camino y encuentra alimento donde lo necesita.

Solo comparto una reflexión que ha surgido en un momento muy concreto de mi vida.

Hoy ya no quiero dedicar muchas horas a historias que me dejan habitando el deseo, la venganza o la desesperanza.

La vida ya contiene suficiente sufrimiento.

Prefiero dedicar mi atención a aquello que me ayuda a comprenderla mejor y a responder a ella con un poco más de conciencia, de bondad y de libertad.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más importantes que el yoga me ha regalado.

La atención no es un recurso cualquiera.

La atención es el lugar donde cultivamos nuestra mente.

Y, al final, nuestra vida no es otra cosa que la suma de aquello a lo que hemos prestado atención, día tras día.

El silencio interior: el reino más vasto.

 

El silencio interior es el reino más vasto, raramente descubierto, y sin embargo es el mayor lugar de descanso para todos los seres.

— Mooji

Mooji es un maestro espiritual contemporáneo dentro de la tradición Advaita Vedanta, discípulo de Papaji (H.W.L. Poonja), que a su vez fue alumno de Ramana Maharshi. Su enseñanza es directa, sencilla y muy centrada en la autoindagación: invita a observar la mente, a no identificarse con los pensamientos y a reconocer la conciencia que está detrás de toda experiencia.

A través de encuentros, retiros y charlas, Mooji ha acercado estas enseñanzas a miles de personas en todo el mundo, señalando una y otra vez hacia lo mismo: el silencio no es algo que haya que crear, sino algo que ya está, esperando a ser reconocido.

Qué es el silencio interior en yoga y por qué lo necesitas.

Hay muchos niveles de silencio. Y aquí hay algo clave: no todo silencio es lo mismo.

Está el silencio exterior. El de apagar el móvil, el de salir a caminar sin auriculares, el de retirarte del ruido constante en el que vivimos. Ese primer gesto, que parece sencillo, pero que hoy en día es casi revolucionario.

Porque vivimos saturadas de estímulos. No solo ruido físico… también mental, emocional, informativo.

Y cuando quitas ese primer nivel de ruido… ocurre algo. Aparece el siguiente. El ruido interno.

Ese “mono” que se despierta cuando te sientas en silencio. Inquieto, incansable, saltando de rama en rama. Un pensamiento lleva a otro… y la mente no se queda en ningún sitio.

Aquí muchas personas se frustran.

Porque creen que meditar es dejar la mente en blanco. Y no.

Meditar es empezar a ver con claridad ese movimiento… y dejar de alimentarlo.

Ahí entramos en otro tipo de silencio: el silencio mental. No como una ausencia total de pensamientos, sino como una disminución de su tiranía.

Empiezas a darte cuenta de que no tienes que seguir cada pensamiento. Que puedes observar… y no reaccionar.

Y si esto se sostiene… si hay práctica, constancia y honestidad…

Aparece algo más.

Un tercer nivel.

Más sutil, más profundo.

Un silencio que no depende de que no haya ruido fuera… ni de que la mente esté completamente en calma.

Un silencio de fondo.

Un espacio.

Y aquí es donde el yoga, de verdad, se vuelve serio.

Porque esto no es algo que estemos improvisando.

Ya está descrito, ya está recorrido, ya está transmitido con precisión en textos como los Yoga Sutras of Patanjali.

Patañjali no habla de sensaciones vagas. Habla de un camino, un camino con indicaciones claras, con etapas, con señales.

Un camino que, si se recorre con rigor, lleva a un lugar muy concreto: el final de la búsqueda interior.

Y en ese camino… el silencio no es un adorno.

Es una señal.
Es una puerta.

No es el final, pero sí una evidencia de que algo se está ordenando.

Y aquí viene algo importante:

No todo el mundo está en esta búsqueda.

Y no pasa nada.

La mayoría de las personas viven hacia fuera.
Entre estímulos, responsabilidades, distracciones… y es completamente humano.

Pero hay un momento —en algunas personas— en el que eso deja de ser suficiente.

Aparece una inquietud, una sensación de que hay algo más.

Y quien entra ahí… quien de verdad se toma en serio esa búsqueda… descubre algo muy pronto:

Que no se puede avanzar sin silencio.

Que sin silencio no hay claridad, sin silencio no hay escucha, sin silencio no hay profundidad.

Por eso el silencio no es solo una consecuencia.

Es el principio.

Es la puerta de entrada.

Y también, de alguna manera, es el camino.

Porque cuanto más avanzas… más fino se vuelve, más sutil, más presente.

Hasta que deja de ser algo que practicas en momentos concretos… y empieza a acompañarte.

Y quizá esto no es para todo el mundo.

Pero si algo de lo que has leído aquí te ha resonado…
si sientes que hay una parte de ti que busca más silencio, más claridad, más verdad…

Cada domingo comparto una reflexión sobre el mundo del yoga o la espiritualidad, o la búsqueda.

No es un correo más, es un espacio.

Un lugar donde hablo de todo esto con calma, sin prisa, sin ruido.
Sobre la práctica, el cuerpo, la mente… y ese camino interior que algunas decidimos recorrer.

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El valor del silencio en la práctica de yoga

Hace unos días leí un correo de Arianna Huffington en el que hablaba de algo muy sencillo y, sin embargo, muy profundo: cada vez es más difícil encontrar silencio.  Esa reflexión me llevó a la mía propia: lo importante que es y el valor -que no le damos- al silencio en la práctica de yoga.  Ella comentaba que donde fuera que estuviera encontraba música de relleno.

Música en los gimnasios.
Música en los restaurantes.
Música en las tiendas.
Música en los masajes.

Como si el silencio fuera incómodo.
Como si hubiera que rellenarlo todo.

La idea conecta con lo que he vivido hoy.

Esta mañana he dado un paseo por el Cubo de la Galga, en la isla de La Palma -Canarias-. Y, curiosamente, allí sí había sonidos: el arrullo de pequeñas corrientes de agua, el canto de los pájaros entre los árboles, el rumor suave del bosque.

Pero, aun así, estaba inmersa en el silencio.

Porque el silencio no es necesariamente la ausencia total de sonido.

El silencio es otra cosa.

Es la ausencia de estímulos artificiales.
Es la ausencia de ruido mental.
Es un espacio donde la percepción puede abrirse.

En ese momento no había música de fondo, ni mensajes, ni noticias, ni estímulos constantes reclamando atención.

Solo el bosque.
La respiración.
El cuerpo caminando.

Y en ese tipo de silencio ocurre algo interesante: la mente empieza a ordenarse sola.

Algo muy parecido a lo que buscamos cuando practicamos yoga.

Bosque de Laurisilva- Ecosistema único

Vivimos rodeados de estímulos

Hoy en día el silencio parece haberse vuelto sospechoso.

Entramos en un gimnasio y hay música.
Vamos a recibir un masaje y hay música.
Nos sentamos en un restaurante y hay música.

Incluso en algunos espacios de bienestar, donde supuestamente buscamos calma, el silencio ha sido sustituido por una banda sonora permanente.

Como si el silencio fuera una carencia.

Como si hubiera que rellenarlo.

Pero el silencio no es un vacío que haya que llenar.

El silencio no es ausencia

El silencio no es la falta de algo.

El silencio es algo en sí mismo.

Es espacio.
Es pausa.
Es descanso para el sistema nervioso.
Es la posibilidad de pensar nuestros propios pensamientos.

Cuando aparece el silencio, algo que normalmente queda oculto bajo el ruido empieza a hacerse visible: la percepción.

Podemos sentir el cuerpo con más claridad.
Podemos percibir nuestra respiración.
Podemos observar el estado mental en el que estamos.

Y eso, en yoga, es fundamental.

El espacio entre las cosas

En Japón existe un concepto muy interesante llamado Ma.

Ma se refiere al espacio entre las cosas, al intervalo que da sentido a lo que ocurre antes y después.

No es un vacío inútil.

Es un espacio lleno de significado.

En música, ese espacio es el silencio entre las notas.
En conversación, es la pausa entre las palabras.
En la respiración, es el instante entre inhalar y exhalar.

En yoga también existe ese espacio.

Entre una postura y otra.
Entre una respiración y la siguiente.
Entre una sensación y nuestra reacción.

Y muchas veces ahí es donde ocurre la verdadera práctica.

El silencio exterior y el silencio mental

El silencio no tiene que ver solo con el sonido.

También tiene que ver con los estímulos mentales.

Noticias constantes.
Mensajes.
Pantallas.
Información que entra sin parar.

Nuestro cerebro rara vez tiene descanso.

Cada estímulo deja una pequeña huella en la mente.

Por eso muchas veces, cuando nos sentamos a meditar, la mente parece una habitación llena de voces.

No es que la mente sea incapaz de meditar.

Es que está saturada de impresiones.

En yoga se habla mucho del silencio interior, pero ese silencio no aparece de repente. Necesita ciertas condiciones.

Y una de ellas es reducir el ruido exterior y los estímulos mentales.

Cuando el entorno se vuelve más simple, la mente empieza poco a poco a reorganizarse.

Por qué el silencio es tan importante en la meditación

En muchos retiros de meditación —como los retiros de diez días de Vipassana— se practica lo que se llama noble silencio.

Durante varios días no se habla.
No se leen noticias.
No hay teléfono.
No hay conversaciones.

Se eliminan casi por completo los alimentos mentales que normalmente consumimos.

Al principio la mente puede incluso volverse más ruidosa.

Empiezan a aparecer pensamientos, recuerdos y emociones que normalmente quedan tapados por la actividad diaria.

Pero después de unos días ocurre algo interesante.

La mente empieza a reordenarse.

Se equilibra.
Se aquieta.
Se vuelve más clara.

Y entonces empiezan a aparecer, de forma natural, pequeños destellos de silencio mental.

No es un silencio impuesto.

Es un silencio que surge cuando la mente deja de recibir estímulos constantemente.

Swami Dayananda Swarasati prescribía la meditación en el pranava OM, la sílaba sagrada.  Y enseñaba:

«Entre OM y OM, ¿Qué encuentras? Silencio.  Ahí, en ese silencio, se produce la meditación»

El silencio en la práctica de yoga

Una práctica profunda de yoga no depende solo de la dificultad de las posturas.

Depende también de la calidad de la percepción.

Escuchar el cuerpo.
Escuchar la respiración.
Escuchar las tensiones, los hábitos, los pequeños ajustes que el cuerpo pide.

Pero para que eso ocurra, hace falta silencio.

No necesariamente un silencio absoluto, pero sí un entorno donde el sistema nervioso pueda bajar el volumen y prestar atención.

Cuando el silencio aparece, algo cambia.

La práctica se vuelve más interna.
Más precisa.
Más honesta.

Y empezamos a practicar yoga no solo con el cuerpo, sino también con la atención.

Recuperar el silencio

Quizá por eso el silencio se está convirtiendo en algo casi raro.

Pero también en algo profundamente valioso.

En un mundo saturado de estímulos, el silencio puede ser una forma de cuidado.

No como algo solemne o místico.

Simplemente como una necesidad humana básica.

A veces lo que más necesitamos no es añadir algo.

Es retirar ruido.

Y quizá una de las cosas más importantes que el yoga puede enseñarnos hoy es precisamente esto:

volver a escuchar lo que aparece cuando todo lo demás se calla.

Hari Om

Cuántos años se necesitan para aprender yoga (según B.K.S. Iyengar)

Hay una frase muy conocida de B.K.S. Iyengar que siempre me ha parecido profundamente honesta sobre la práctica del yoga y que nos orienta sobre cuántos años se necesitan para aprender yoga:

“The first ten years of practice are donkey work.”

Es decir:

Los primeros diez años de práctica son trabajo de burro.

Puede sonar duro, pero en realidad describe muy bien lo que significa aprender yoga de verdad.

Hoy vivimos en una cultura donde todo parece rápido: aprender rápido, dominar rápido, enseñar rápido. Pero el yoga —cuando se practica con seriedad— no funciona así.

Qué significa realmente “donkey work” en la práctica del yoga

Cuando Iyengar hablaba de donkey work no se refería a algo negativo.

Se refería al trabajo constante, humilde y repetido que construye una práctica sólida.

Durante los primeros años de práctica de yoga hacemos cosas aparentemente simples:

  • repetir posturas
  • corregir errores
  • aprender a usar soportes
  • ajustar la alineación del cuerpo
  • volver una y otra vez a lo básico

No es espectacular.
No es rápido.

Pero es el trabajo que educa el cuerpo y despierta la percepción.

Los primeros años de yoga: copiar las formas externas

Cuando empezamos a practicar yoga, lo primero que hacemos es copiar formas externas.

Miramos al profesor.
Intentamos imitar la postura.
Colocamos los pies donde nos dicen.
Giramos la pelvis.
Estiramos los brazos.

En esta fase estamos aprendiendo algo muy básico: la geometría del cuerpo.

Aprendemos cómo se organizan las posturas:

  • cómo se apoyan los pies
  • cómo se alinean las rodillas
  • cómo se coloca la pelvis
  • cómo se alarga la columna

En el yoga de la alineación, como enseñaba Iyengar, esta etapa es fundamental.

Porque sin una buena organización externa es muy difícil desarrollar percepción interna.

Con los años la práctica cambia: del exterior al interior

Si uno sigue practicando, algo cambia con el tiempo. La práctica deja de ser solo una forma externa. Empieza a aparecer la percepción interna.

Comienzas a notar cosas que antes eran invisibles:

  • cómo el peso se distribuye en los pies
  • cómo la pelvis organiza la columna
  • cómo una pequeña acción cambia toda la postura: desde la ingle interna o la axila interna.  A veces las instrucciones son tan metafóricas o sutiles que sólo alcanzan a entender los que están preparados para ello.  Por eso las clases de principiantes y avanzados son diferentes, incluso practicando las mismas posturas.
  • cómo la respiración modifica la experiencia del asana

La práctica se vuelve más sutil. Ya no se trata solo de “hacer la postura”, sino de sentir lo que ocurre dentro de ella.

Despertar la inteligencia de todas las células

Iyengar hablaba muchas veces de algo muy profundo. Decía que el yoga consiste en despertar la inteligencia de todas las células del cuerpo. Cuando la práctica madura, el cuerpo deja de ser algo que simplemente movemos desde fuera.

Cada parte empieza a participar.

Los pies sienten.
Las piernas responden.
La pelvis organiza.
La columna se alarga.
La respiración guía.

Entonces la postura deja de ser algo que imitamos. Se convierte en algo que el cuerpo comprende desde dentro. Y eso requiere años. Muchos años.

Cuántos años se necesitan realmente para aprender yoga

Hoy muchas personas quieren aprender yoga rápido. Incluso enseñar yoga rápidamente. Pero el yoga necesita tiempo, repetición y paciencia. Los primeros años sirven para aprender las formas. Después aparece la percepción. Y con el tiempo surge algo mucho más profundo: una práctica inteligente.

Por eso Iyengar decía que los primeros diez años son donkey work, porque es ese trabajo constante el que construye una práctica real.

El cinturón negro de yoga

Hace poco alguien me decía con orgullo que era cinturón negro de kárate. Y le respondí medio en broma:

—Entonces yo debo ser cinturón negro de yoga. O quizá tercer dan.

Porque llevo más de veinte años practicando, enseñando y estudiando yoga. Y aun así sigo descubriendo cosas nuevas en posturas que llevo haciendo décadas. Eso es lo fascinante del yoga: Nunca se termina.  Y esto es el acicate o la ilusión de la práctica «renovada» cada día.

Antes de enseñar yoga hay que practicar mucho yoga

Antes de enseñar yoga hay algo imprescindible: practicar mucho yoga.

Practicar con atención, con paciencia, con humildad. Hacer ese donkey work del que hablaba Iyengar. Porque es en ese trabajo silencioso de años donde el cuerpo empieza realmente a comprender. Y cuando el cuerpo comprende…

entonces sí, el yoga puede empezar a compartirse con otros.

Si tienes interés en introducirte, avanzar o formarte como profesora no dudes en ponerte en contacto conmigo.  Puedo ayudarte.

Hari Om Tat Sat

Longevidad femenina: no vivir más años, sino vivirlos mejor

La longevidad femenina no debería medirse solo en años vividos, sino en cómo se viven esos años. A medida que llegamos a la perimenopausia y la menopausia, esta pregunta deja de ser teórica y se vuelve profundamente corporal: ¿tengo energía?, ¿duermo?, ¿me muevo con confianza?, ¿mi cuerpo sigue siendo un lugar habitable?

Durante mucho tiempo se nos ha hablado de longevidad como si solo importara sumar años a la vida. Pero hoy sabemos que el verdadero objetivo es otro: vivir más años con salud, autonomía y calidad de vida. Eso que la ciencia empieza a llamar healthspan.

Las mujeres no envejecemos como los hombres

Cada vez más investigadoras insisten en algo fundamental: el cuerpo femenino no responde igual, y mucho menos a partir de la mediana edad.

Una de las voces más claras en este sentido es la de Stacy Sims, fisióloga del ejercicio, conocida por su afirmación —tan simple como revolucionaria— de que

«Las mujeres no somos hombres pequeños».

Cambian las hormonas, cambia el sistema nervioso, cambia la manera en que el cuerpo gestiona el esfuerzo, el estrés, la recuperación y el descanso. Y, sin embargo, seguimos practicando, entrenando y exigiéndonos como si nada de eso importara.

Desde el yoga lo vemos cada día:
lo que antes funcionaba, deja de hacerlo.
lo que antes estimulaba, ahora agota.
lo que antes era avance, se convierte en desgaste.

Longevidad femenina y yoga: una mirada distinta

Hablar de longevidad femenina no va de entrenar más duro, ni de forzar el cuerpo para “no perder”.
Va de sostener lo importante:

  • masa muscular

  • salud ósea

  • movilidad articular

  • equilibrio del sistema nervioso

  • claridad mental

  • descanso profundo

Desde el yoga, esto no se logra acumulando posturas ni intensidad, sino afinando la práctica. Ajustando. Escuchando. Cambiando el foco del rendimiento al cuidado inteligente.

La menopausia no es una enfermedad, pero sí una transición profunda. Y como toda transición, pide atención, comprensión y adaptación.

El gran error: copiar modelos que no están hechos para nosotras

Uno de los mayores problemas en esta etapa es seguir aplicando modelos de práctica (y de entrenamiento) pensados para cuerpos masculinos o para cuerpos jóvenes.

Más no siempre es mejor.
Más intenso no siempre es más saludable.

El cuerpo femenino, especialmente en esta fase, necesita:

  • regular antes que estimular en exceso

  • sostener antes que exprimir

  • recuperar antes que acumular fatiga

El yoga, cuando se practica con criterio, puede ser una herramienta extraordinaria para mejorar el healthspan femenino. Pero cuando se practica sin adaptación, también puede convertirse en una fuente más de estrés.

Practicar para vivir mejor (no para demostrar nada)

Con los años —y con la experiencia personal de la menopausia— mi forma de practicar y de enseñar ha cambiado. Hoy tengo más claro que nunca que la verdadera práctica es la que te acompaña a largo plazo.

La que te ayuda a dormir mejor, sostiene tus articulaciones, regula tu sistema nervioso y te permite seguir habitando tu cuerpo con confianza.

Eso, para mí, es longevidad desde el yoga.

YoMuSa: yoga para acompañar esta etapa con inteligencia

De esta visión nace YoMuSa (Yoga para la Mujer Sabia).

No como un curso más, sino como un espacio de comprensión profunda del cuerpo femenino en perimenopausia y posmenopausia.

Un lugar donde la práctica deja de ser genérica y pasa a ser personal, consciente y orientada a la salud.
Donde el yoga se convierte en un aliado real para vivir mejor los años que vienen.

Porque la pregunta no es cuántos años vamos a vivir. La pregunta es cómo queremos vivirlos.

Yoga y osteoporosis: cómo fortalecer los huesos con una práctica segura y con sentido

Osteoporosis: no es solo el hueso, es la confianza en tu cuerpo

La osteoporosis no es solo una cifra en una densitometría. Para muchas mujeres es un cambio profundo: aparece el miedo a fracturarse, a moverse “mal”, a perder autonomía. Y entonces surge la duda: ¿mejor no hacer nada?

El problema es que no moverse tampoco es la solución: la falta de actividad disminuye la fuerza muscular, reduce flujo sanguíneo, disminuye equilibrio y aumenta el riesgo de caídas.

Aquí el yoga —bien planteado y progresivo— puede ser una vía valiosa no como “cura milagrosa”, sino como práctica de carga consciente, postura, fuerza y coordinación.


¿Puede el yoga mejorar la densidad ósea?

La evidencia científica moderna todavía está en desarrollo, pero dos hallazgos importantes ayudan a comprender el potencial del yoga:

  • Algunos estudios prometedores sugieren mejoras en la densidad mineral ósea con una práctica regular y bien estructurada de posturas seleccionadas. Por ejemplo, un estudio de Lu y colaboradores observó este efecto tras un programa breve de yoga en personas con baja densidad ósea.

  • Revisiones sistemáticas recientes comparan programas de yoga/pilates con grupos de control y encuentran que, en promedio, no siempre hay grandes mejoras estadísticas en densidad ósea, aunque sí pueden observarse pequeñas mejoras en subgrupos (especialmente en mujeres postmenopáusicas).

La conclusión útil es esta: el yoga puede contribuir a mantener y en algunos casos mejorar la densidad ósea, especialmente si forma parte de un enfoque más amplio que incluya nutrición, fuerza y hábitos de vida saludables.


Lo que sí importa realmente: carga, tracción y movimiento consciente

La mejor evidencia disponible —tanto científica como clínica— indica que el hueso responde al estímulo mecánico: carga (soportar peso) y tracción muscular. El yoga, cuando se utiliza con criterio terapéutico, permite aplicar estos estímulos con seguridad.

Este concepto también fue enfatizado por B. K. S. Iyengar:

El yoga trabaja con la “acción y contracción” dentro de la postura, estirando y sosteniendo de manera que los tejidos —incluido el sistema óseo— reciben estímulos para adaptarse, fortalecerse y reorganizarse.

La idea no es simplemente “hacer la postura” sino hacerla con alineación, atención y presencia, lo cual maximiza el estímulo mecánico y minimiza el riesgo de lesión.


Posturas útiles para osteoporosis (con criterio)

Para trabajar con osteoporosis es importante incluir ásanas que permitan soportar el propio peso corporal y generar tracción muscular con apoyo:

Posturas recomendadas (adaptadas):

  • Adho Mukha Svanasana (Perro boca abajo) con soporte si hace falta

  • Posturas de pie bien alineadas (con pared si es necesario)

  • Extensiones hacia atrás con apoyo

  • Inversiones suaves con soporte (según indicación clínica y nivel)

Opciones avanzadas (solo si hay supervisión y criterio terapéutico):

  • Equilibrios de brazos/antebrazos (Pincha Mayurasana)

Estas posturas pueden estimular la masa ósea, favorecer la circulación y activar grupos musculares clave para estabilidad y fuerza.


Más allá del hueso: equilibrio, postura y fuerza

Aunque el efecto directo sobre la densidad ósea sigue en estudio, el valor clínico más sólido hoy está en otros beneficios:

  • Mejora del equilibrio y la coordinación

  • Aumento de la fuerza muscular (especialmente de piernas y core)

  • Mejora de la postura

  • Reducción del riesgo de caídas

  • Mayor confianza en el movimiento

Estos factores son críticos porque la mayoría de las fracturas en personas con osteoporosis ocurren como consecuencia de caídas, no simplemente por huesos “débiles”.


Sistema nervioso, estrés y adaptación

La práctica de yoga también influye en el sistema nervioso y en la forma en que el cuerpo responde al estrés —un factor importante en la salud ósea y recuperación general.

Una práctica bien estructurada alterna:

  • Momentos calmados y flexiones hacia delante para reducir tensión,

  • Trabajo activo (carga y tracción) para estimular tejidos,

  • Movilidad y torsiones suaves para mejorar la circulación.

Este enfoque contribuye a la regulación neuromuscular, un aspecto clave para el movimiento seguro y la salud integral.


Cómo practicar yoga con osteoporosis: reglas de oro

1) Movimiento antes de sostener: entra y sal de la postura varias veces antes de sostenerla.
2) Evita bloqueos articulares: busca libertad y invitación, no rigidez.
3) Columna alargada y sin compresión: prioridad en alineación.
4) Cero movimientos bruscos ni sacudidas: sobre todo si hay fracturas previas.
5) Inversiones con soporte, no sin preparación: evita cargas espinales directas si hay riesgo.

En palabras de Iyengar: “Lo que importa no es la dificultad de la postura, sino el refinamiento de la acción dentro de ella.”


Mensaje para mujeres con osteoporosis

El yoga no es la panacea (para mí si, jejej) pero sí es una práctica inteligente y sostenible que, utilizada con criterio terapéutico, puede:

  • proteger la postura

  • prevenir caídas

  • mejorar fuerza y equilibrio

  • favorecer bienestar físico y mental

  • y ser una herramienta valiosa dentro de un enfoque integral de salud.

Preguntas frecuentes sobre yoga y osteoporosis (FAQ)

¿El yoga puede curar la osteoporosis?

No. El yoga no “cura” la osteoporosis ni sustituye a los tratamientos médicos cuando son necesarios. Sin embargo, una práctica bien diseñada puede ayudar a frenar la pérdida ósea, mejorar la postura, aumentar la fuerza y el equilibrio y, sobre todo, reducir el riesgo de caídas y fracturas, que es el principal problema clínico asociado a la osteoporosis.


¿Puede el yoga aumentar la densidad ósea?

La evidencia científica actual es limitada pero prometedora. Algunos estudios sugieren pequeñas mejoras en la densidad ósea en determinadas zonas (especialmente columna), mientras que otros no encuentran cambios significativos.
Lo que sí está bien respaldado es que el yoga mejora fuerza, equilibrio, coordinación y conciencia corporal, factores clave para la prevención de fracturas.


¿Qué tipo de yoga es mejor para la osteoporosis?

El yoga más adecuado es aquel que:

  • trabaja posturas con carga de peso,

  • prioriza la alineación y el uso de soportes,

  • evita movimientos bruscos y compresiones innecesarias,

  • y se adapta a cada persona.

El enfoque inspirado en B. K. S. Iyengar, con su énfasis en la precisión, la progresión y los soportes, es especialmente apropiado en casos de osteoporosis.


¿Qué posturas de yoga son buenas para la osteoporosis?

De forma general (y siempre adaptadas):

  • Posturas de pie bien alineadas

  • Adho Mukha Svanasana (Perro boca abajo)

  • Extensiones hacia atrás con soporte

  • Inversiones con soporte, si están indicadas

En practicantes avanzadas y bajo supervisión, algunos equilibrios de brazos pueden ser útiles por su estímulo de carga.


¿Qué posturas debería evitar si tengo osteoporosis?

Depende del caso, pero en general:

  • evita movimientos bruscos o sacudidas,

  • evita posturas que compriman la columna,

  • evita Sirsasana y otras inversiones sin soporte si hay fracturas o alto riesgo,

  • no fuerces rangos extremos ni ajustes agresivos.

Ante fracturas osteoporóticas previas, la práctica debe ser claramente terapéutica y supervisada.


¿Es seguro practicar yoga si ya tengo fracturas por osteoporosis?

Puede serlo, pero no de cualquier manera. Es imprescindible:

  • consultar con tu profesional sanitario,

  • trabajar con una profesora o profesor de yoga con formación terapéutica,

  • utilizar soportes y variantes específicas.

En estos casos, el objetivo no es “avanzar en posturas”, sino recuperar movilidad, fuerza y confianza sin riesgo.


¿Por qué el equilibrio y la postura son tan importantes en la osteoporosis?

Porque la mayoría de las fracturas se producen por caídas, no solo por la fragilidad del hueso.
El yoga mejora:

  • el equilibrio,

  • la coordinación,

  • la fuerza de piernas y espalda,

  • y la conciencia corporal,

reduciendo así el riesgo real de caída.


¿Cuántas veces a la semana debería practicar yoga si tengo osteoporosis?

La regularidad es más importante que la intensidad.
Una práctica constante, adaptada y bien guiada —aunque sea suave— es más beneficiosa que sesiones esporádicas muy exigentes.


¿El yoga sustituye a otros ejercicios de fuerza?

No necesariamente. El yoga puede formar parte de un enfoque integral que incluya:

  • ejercicio con carga,

  • trabajo de fuerza,

  • nutrición adecuada,

  • y seguimiento médico.

Bien combinado, el yoga aporta algo único: conciencia, alineación, control y sostenibilidad en el tiempo.

La banalización del yoga

¿Por qué no todo vale en nombre de la práctica?

En los últimos años, el yoga ha ganado una enorme popularidad. Hoy se ofrece en centros cívicos, gimnasios, grandes cadenas deportivas y espacios muy diversos. A simple vista, podría parecer una buena noticia: más personas practicando yoga, más movimiento, más conciencia corporal.

Sin embargo, desde dentro de la profesión surge una preocupación creciente: el yoga se está banalizando. Y cuando eso ocurre, no solo pierde valor la disciplina, sino que se pone en riesgo la salud y el bienestar de quienes lo practican.

El yoga no es solo ejercicio físico

Aunque se practique con el cuerpo, el yoga no es una actividad física cualquiera, si siquiera es una actividad física, sólo el apartado de asana (dentro del camino de los 8 pasos de Patanjali). El yoga trabaja con la respiración, el sistema nervioso, la percepción interna y la relación mente-cuerpo. Acompaña procesos personales profundos y, en muchos casos, situaciones de dolor, estrés, lesiones o cambios vitales importantes.

Por eso, enseñar yoga es una gran responsabilidad.
No se trata únicamente de saber realizar posturas, sino de:

  • Observar cuerpos reales y diferentes.

  • Adaptar la práctica a cada persona.

  • Saber cuándo sostener, cuándo parar y cuándo avanzar.

  • Crear un espacio seguro, física y emocionalmente.

Reducir el yoga a una clase más de gimnasio es desvirtuar su esencia.

Yoga barato: consecuencias caras

En muchos espacios, el yoga se ofrece a precios muy bajos, con grupos grandes y sin atención individual. El mensaje implícito es peligroso: “total, es solo yoga”.

Las consecuencias de esta visión son claras:

  • Lesiones evitables.

  • Abandono de la práctica por frustración.

  • Falta de confianza en el propio cuerpo.

  • Devaluación del trabajo de profesores cualificados.

  • Confusión social sobre qué es realmente el yoga.

El problema no es que el yoga sea accesible.
El problema es que pierda rigor, cuidado y profundidad.

La idea equivocada de que cualquiera puede enseñar yoga

Junto a esta banalización, se ha extendido la creencia de que con una formación rápida o masiva ya se puede enseñar yoga. Se confunden títulos con competencia real y horas acumuladas con madurez pedagógica y aprendizaje continuo.

Enseñar yoga no es repetir secuencias ni copiar lo aprendido. Es comprender el cuerpo, la respiración y la mente, integrar la práctica en uno mismo y saber acompañar a otros con criterio, ética y sensibilidad.

El problema de algunas formaciones de profesores de yoga

El foco no debe ponerse en el alumnado, que suele llegar con ilusión y buena intención. El verdadero problema es un sistema formativo que prioriza la cantidad sobre la calidad.

Formaciones:

  • Masificadas.

  • Poco personalizadas.

  • Con escaso acompañamiento real.

  • Sin supervisión posterior al título.

Todo ello genera profesionales inseguros, con dificultades para adaptarse a la realidad del aula y con una base insuficiente para asumir la responsabilidad de enseñar.

El resultado es una cadena que se retroalimenta: enseñanza superficial, práctica empobrecida y pérdida de confianza en el yoga como herramienta de salud.

Enseñar yoga es una responsabilidad, no un trámite

El yoga tiene un enorme potencial terapéutico, educativo y transformador. Pero solo puede desplegarse cuando se enseña con:

  • Formación sólida.

  • Práctica personal constante.

  • Acompañamiento real.

  • Ética profesional.

  • Respeto profundo por las personas y por la disciplina.

No todo vale en nombre del yoga.

yoga albahacaUna llamada a la reflexión

Este texto no es un ataque ni una queja personal. Es una invitación a reflexionar colectivamente:

  • A los centros que ofrecen yoga.

  • A quienes practican y buscan clases.

  • A quienes desean formarse como profesores.

Cuidar el yoga es cuidar a las personas.
Y preservar su profundidad es una responsabilidad compartida.

HARI OM TAT SAT

Yoga, veganismo y respeto por la vida

Un paso más en el cuidado consciente y el respeto por la vida, además de la práctica consciente de yoga es introducirse en el veganismo.  Es algo opcional, una opción personal que tiene muchas ventajas.

Como sabes, desde hace años, el yoga es el eje que da sentido a mi vida.
No solo como práctica física, sino como una manera de estar en el mundo: más atenta, más respetuosa, más alineada con lo que siento y con lo que necesito de verdad.

El yoga me ha enseñado a escuchar el cuerpo, a observar mis hábitos y a preguntarme, una y otra vez:
¿Esto que hago me cuida?, ¿Cuida también el entorno que habito?

De esa escucha nace este nuevo paso que hoy quiero compartir contigo.

El yoga no termina en la esterilla

Con el tiempo he comprendido que el yoga no se limita a las posturas ni a la respiración.
El yoga se expresa en cómo vivimos, cómo comemos, cómo nos relacionamos y cómo consumimos.

Practicar yoga es cultivar conciencia.
Y cuando hay conciencia, inevitablemente aparece una pregunta más amplia:
¿Cómo puedo cuidarme sin dañar?

Ahí es donde la alimentación empieza a ocupar un lugar importante.

Veganismo consciente: nutrir sin violencia

Mi interés por el veganismo saludable no nace de una moda ni de una postura rígida.
Nace del deseo de nutrir el cuerpo con respeto, evitando el sufrimiento innecesario y reduciendo el impacto sobre el planeta.

Una alimentación vegetal bien planteada puede ser profundamente nutritiva y saludable, sostenible y coherente con los valores que el yoga propone, especialmente el principio de ahimsa —no violencia— aplicado a nuestra vida cotidiana.

Y esto no es solo una intuición personal.

Cada vez hay más evidencia científica que muestra que las dietas basadas en alimentos de origen vegetal, cuando están bien estructuradas, se asocian con:

  • mejor salud cardiovascular,

  • menor inflamación sistémica,

  • menor riesgo de diabetes tipo 2 y enfermedades crónicas,

  • y una mayor longevidad.

Instituciones de referencia explican estos beneficios de forma clara y accesible:

Cuidarse por dentro también es un acto ecológico

Cada elección cuenta.
Lo que ponemos en nuestro plato, en nuestro cuerpo y en nuestra rutina diaria tiene un impacto que va más allá de lo individual.

En este momento de mi vida, viviendo una transición tan poderosa como es la menopausia, siento con más claridad que nunca la necesidad de cuidarme mejor, alimentarme con conciencia y dirigir mi energía hacia aquello que representa de verdad mis valores.

Por eso, hoy me decanto de forma plena por el veganismo: una manera de nutrirme que acompaña este cambio, sostiene mi salud y me permite vivir con mayor coherencia, respeto y sentido.

Cuidarnos por dentro:

  • sostiene nuestra salud,

  • reduce la inflamación y el desgaste,

  • y también es una forma de cuidar la Tierra y a quienes la habitan.

Para mí, este enfoque encaja de forma natural con el yoga que enseño: un yoga que acompaña, que no exige, que busca salud a largo plazo.

Una colaboración alineada con mis valores: Mi granito de arena para un mundo mejor

Por todo esto, me hace especial ilusión anunciar mi colaboración con Mediterranean Superfoods.

Un proyecto que apuesta por:

  • productos 100 % veganos,

  • formulaciones cuidadas y conscientes,

  • y una mirada respetuosa hacia el planeta y los animales.

Colaboro con Mediterranean Superfoods porque siento coherencia entre lo que practico, lo que enseño y lo que recomiendo.

Desde siempre, por mi manera de ser, he compartido aquello que descubro y que siento que es bueno, útil y respetuoso – jejeje.. el Yoga que practico, enseño y transmito surgió de esa necesidad de compartir y en este caso, ser abanderada de Mediterranean Superfoods representa para mí una propuesta que cuida por dentro, respeta el planeta y está alineada con los valores que el yoga me ha enseñado a vivir.

Si os interesa saber un poco más de qué productos, también a granel, venden en Mediterranean Superfoods (suplementos, proteínas, alimentos veganos y sin gluten) os invito a pasearos por la web y obtener un 10% de descuento, que os aplicarán directamente, en el siguiente enlace:

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Un camino que sigue creciendo

El yoga sigue siendo el corazón de mi camino.
Y hoy, ese camino se amplía también hacia una forma de cuidarnos por dentro que sea ética, sostenible y amorosa.

Si este tema resuena contigo, me encantará seguir compartiendo reflexiones, recursos y aprendizajes en el blog.

Porque cuidarnos de verdad es un acto íntimo…
y también profundamente colectivo.

HARI OM TAT SAT