El mayor empobrecimiento del yoga no ha sido alejarlo del hinduismo; ha sido alejarlo de su propósito.
Vivimos un momento extraordinario para el yoga.
Nunca tantas personas habían practicado asanas. Nunca había habido tantas escuelas, tantos profesores, tantos libros, tantos retiros y tantos estudios científicos que avalan sus beneficios.
Y, sin embargo, nunca había sido tan fácil practicar yoga durante años sin llegar a conocer realmente qué es el yoga.
Hace unos días leí una publicación de una profesora que decía que practicaba yoga todos los días, pero que el hinduismo y sus dioses no le interesaban. Que ella prefería seguir siendo cristiana.
No fue esa afirmación la que llamó mi atención.
Cada persona es libre de vivir su espiritualidad como considere. Nunca he pensado que practicar yoga sea incompatible con el cristianismo, el budismo, el islam, el judaísmo o cualquier otra tradición espiritual.
Lo que realmente me hizo detenerme fue otra pregunta.
¿Cómo es posible practicar yoga durante años y que nadie te haya explicado cuál es su verdadero objetivo?
Y entonces comprendí que el problema no es una religión u otra.
El problema es mucho más profundo.
Hemos vaciado el yoga de su contenido
Creo que el gran drama del yoga contemporáneo es que hemos conservado su forma, pero hemos olvidado su esencia.
Hemos vaciado el yoga de su contenido hasta dejar únicamente su envoltorio.
Nos hemos quedado con las posturas.
Con la flexibilidad.
Con la fuerza.
Con la respiración.
Con la relajación.
Con la estética.
Pero hemos ido dejando atrás aquello que daba sentido a todo lo demás.
La filosofía.
La ética.
La disciplina interior.
La observación de la mente.
La meditación.
La búsqueda de la verdad.
La transformación del ser humano.
Y cuando todo eso desaparece, seguimos teniendo una práctica corporal magnífica.
Pero ya no estamos transmitiendo el yoga en el sentido en que lo entendieron los grandes maestros de esta tradición.
El verdadero objetivo del yoga es Kaivalya
Si estudiamos los Yoga Sutras de Patañjali, descubrimos que el objetivo del yoga nunca fue hacer mejores posturas.
Ni desarrollar un cuerpo perfecto.
Ni siquiera alcanzar una salud excelente, aunque todo ello pueda formar parte de sus beneficios.
El yoga tiene un propósito mucho más profundo.
Ese propósito se llama Kaivalya.
Kaivalya significa libertad.
La libertad respecto a la ignorancia.
Respecto al ego.
Respecto a los condicionamientos de la mente.
Respecto al sufrimiento que nace de identificarnos con aquello que cambia constantemente.
El yoga no pretende fabricar personas más flexibles.
Pretende formar seres humanos más libres.
Y comprender esta diferencia transforma por completo la práctica.
Las asanas nunca fueron el destino
Las asanas son extraordinarias.
Nos ayudan a cuidar el cuerpo.
A mantener la salud.
A desarrollar estabilidad, sensibilidad y fortaleza.
Pero las asanas nunca fueron el destino.
Siempre fueron el vehículo.
Preparan el cuerpo para permanecer estable.
Un cuerpo estable facilita una respiración serena.
Una respiración serena aquieta la mente.
Y una mente aquietada puede comenzar el verdadero trabajo del yoga.
Por eso, en los ocho miembros descritos por Patañjali, Asana ocupa únicamente un lugar.
Antes aparecen Yama y Niyama, los principios éticos sobre los que se construye toda la práctica.
Después llegan Pranayama, Pratyahara, Dharana, Dhyana y Samadhi.
Todo el recorrido apunta hacia una única dirección.
Kaivalya.
Reducir el yoga únicamente a las posturas es como pensar que aprender música consiste solo en practicar escalas.
Las escalas son imprescindibles.
Pero no son la música.
¿Es el yoga una religión?
Esta pregunta aparece con frecuencia.
Y creo que nace de otra confusión.
El yoga nació en la India y comparte un contexto histórico con diversas corrientes filosóficas y espirituales.
Por eso encontramos referencias a Ishvara, relatos tradicionales y símbolos propios de la cultura india.
Pero practicar yoga no significa convertirse al hinduismo.
En la tradición en la que yo me he formado, esos símbolos no son un fin en sí mismos. Son un lenguaje para expresar cualidades universales y señalar una realidad que trasciende cualquier imagen concreta.
Los Yoga Sutras hablan de Ishvara Pranidhana, la entrega a una realidad superior.
Cada practicante comprenderá esa realidad desde su propia experiencia espiritual.
Por eso nunca he visto contradicción entre practicar yoga y ser cristiano, budista, musulmán, judío o no pertenecer a ninguna religión.
Lo que todas las grandes tradiciones espirituales tienen en común
Con los años he dejado de preguntarme cuál es la mejor religión.
Prefiero hacerme otra pregunta.
¿Ese camino espiritual te está ayudando a convertirte en una mejor persona?
Más consciente.
Más compasiva.
Más honesta.
Más humilde.
Más generosa.
Más libre del miedo y del ego.
Si la respuesta es sí, entonces ese camino está cumpliendo su propósito.
Porque las grandes tradiciones espirituales utilizan lenguajes diferentes.
Ritos diferentes.
Símbolos diferentes.
Pero todas señalan, de un modo u otro, hacia la transformación del ser humano.
Hacia una vida más ética, más consciente, más amorosa y más libre.
Eso es también lo que propone el yoga.
No competir con otras religiones.
Sino ayudarnos a despertar.
Lo que realmente estamos perdiendo
Lo que me preocupa no es que alguien rece en una iglesia, en una mezquita, en una sinagoga, en un templo o en silencio.
Lo que me preocupa es que podamos practicar yoga durante décadas sin estudiar su filosofía.
Sin conocer sus textos.
Sin comprender por qué hacemos cada práctica.
Sin descubrir que las posturas son solo una pequeña parte de un camino inmenso.
Cuando desaparecen la ética, la meditación, el estudio y el propósito de transformación, seguimos teniendo una magnífica actividad física.
Pero hemos perdido precisamente aquello que convierte al yoga en yoga.
La verdadera medida de una práctica espiritual
Al final, la cuestión no es qué religión practicas. La cuestión es en quién te estás convirtiendo.
No me preocupa cómo llamas a Dios, me preocupa cómo tratas a las personas.
No me preocupa el nombre de tu tradición espiritual, me preocupa si tu práctica te está haciendo más consciente cuando nadie te mira.
Más compasiva cuando alguien te hiere, más humilde cuando tienes razón, más generosa cuando nadie puede devolverte el favor, más libre de tus reacciones automáticas.
Porque una postura perfecta no sirve de nada si seguimos viviendo dominados por el orgullo, el miedo o la ira.
Una respiración profunda no sirve de nada si no transforma nuestra manera de estar en el mundo.
El verdadero yoga no se mide por la flexibilidad del cuerpo.
Se reconoce en la serenidad de la mente, en la apertura del corazón y en la coherencia con la que vivimos.
Ese, para mí, es el auténtico propósito del yoga.
Y quizá haya llegado el momento de volver a hablar de él.
Gloria
Hari Om Tat Sat




El cinturón negro de yoga


Una llamada a la reflexión
Una colaboración alineada con mis valores: Mi granito de arena para un mundo mejor
