¿Es el yoga satánico? Esta es una pregunta que jamás pensé que tendría que abordar en mi blog. Sin embargo, después de escuchar una conferencia en la que se afirma que practicar yoga supone adorar demonios, que las asanas fueron diseñadas para invocar entidades espirituales y que la filosofía de Patañjali promueve el mal, considero necesario responder desde el conocimiento, la historia y el rigor científico.
Hace unos días, alguien compartió en los comentarios de uno de mis vídeos de YouTube, dedicado a la anatomía aplicada al yoga, un enlace a esa conferencia. La protagonista era una mujer que aseguraba haber crecido en una familia de profesores de yoga y haber dedicado muchos años de su vida a practicarlo y enseñarlo. Actualmente, desde sus convicciones cristianas, sostiene que el yoga constituye una práctica espiritual peligrosa e incompatible con su fe.
Confieso que me produjo una profunda indignación.
No porque alguien critique el yoga. El yoga puede y debe ser objeto de análisis, debate y cuestionamiento, como cualquier otra disciplina. Tampoco porque alguien decida abandonarlo por motivos religiosos. Cada persona tiene derecho a elegir su camino espiritual.
Lo que me indignó fue escuchar afirmaciones históricas y filosóficas profundamente cuestionables, presentadas como verdades incuestionables y acompañadas de mensajes capaces de generar miedo.
Una cosa es explicar por qué una determinada religión puede considerar incompatible el yoga con sus creencias y otra muy diferente es presentar interpretaciones personales como si fueran hechos históricos, filosóficos o científicos demostrados.
Por eso he decidido escribir este artículo. No para cuestionar la fe de nadie, sino para defender el rigor, el conocimiento y el respeto hacia una tradición que llevo muchos años estudiando y enseñando.
¿Es el yoga satánico o estamos confundiendo religión y filosofía?
Empecemos por reconocer algo fundamental: el yoga no nació como una modalidad de gimnasia.
Sus raíces se encuentran en las tradiciones filosóficas y espirituales de la India. Está históricamente relacionado con distintas corrientes del hinduismo y ha mantenido intercambios con otras tradiciones religiosas y contemplativas.
Pero el yoga no es una realidad única, uniforme e inmutable.
A lo largo de los siglos han existido diferentes escuelas, métodos y concepciones sobre la naturaleza de la conciencia, el sufrimiento, la liberación y la relación entre el ser humano y lo trascendente.
El yoga clásico de Patañjali, las tradiciones medievales de haṭha yoga, las corrientes devocionales y el yoga postural contemporáneo no son exactamente lo mismo.
Y esta distinción es fundamental.
El investigador Mark Singleton documenta en su obra Yoga Body: The Origins of Modern Posture Practice, publicada por Oxford University Press en 2010, cómo muchas de las formas del yoga postural actual se desarrollaron y transformaron especialmente durante los siglos XIX y XX.
Por tanto, no podemos afirmar seriamente que todas las posturas actuales fueron diseñadas hace miles de años para adorar a determinadas divinidades.
Reconocer las raíces espirituales del yoga no obliga a aceptar cualquier interpretación religiosa que se haga de ellas.
Y tampoco significa que una persona que practica yoga esté necesariamente participando en un acto de culto.
¿Fueron creadas las asanas para adorar demonios?
Una de las afirmaciones más contundentes de la conferencia fue la siguiente:
«Las asanas, las posturas que practicas en el gimnasio, fueron diseñadas hace miles de años para adorar a espíritus inmundos».
Esta afirmación presenta varios problemas.
En primer lugar, atribuye un origen y una finalidad únicos a posturas que pertenecen a épocas y contextos históricos diferentes.
En segundo lugar, identifica las divinidades de otras tradiciones religiosas con entidades demoníacas. Esa identificación responde a una interpretación teológica particular, no a una clasificación histórica o científica.
Y, en tercer lugar, presupone que realizar una determinada posición corporal constituye automáticamente un acto de adoración.
Pero ¿qué ocurre cuando practicamos Tadasana, la postura de la montaña? ¿O Vrksasana, la postura del árbol? ¿O Trikonasana, la postura del triángulo?
¿Estamos adorando una montaña, un árbol o una figura geométrica?
Naturalmente, no.
Algunas asanas tienen nombres relacionados con personajes mitológicos, sabios o divinidades. Otras reciben nombres de animales, plantas, objetos o acciones corporales.
Su denominación puede reflejar referencias culturales, simbólicas o religiosas, pero eso no convierte necesariamente su ejecución en un ritual de adoración.
Existen prácticas de yoga explícitamente devocionales. Negarlo sería desconocer su historia.
Pero también existen contextos educativos, de bienestar y de práctica corporal en los que no se realiza ningún acto de culto.
El origen cultural de una práctica y el significado que adquiere en cada contexto no son cuestiones idénticas.
¿Es el yoga satánico según los Yoga Sūtras de Patañjali?
Otra afirmación especialmente sorprendente de la conferencia fue que el yoga considera que el mal no es malo y que su objetivo consiste en dejar de preocuparse por el sufrimiento y la injusticia.
Para analizar esta cuestión no necesitamos recurrir a opiniones personales. Podemos acudir directamente a los Yoga Sūtras de Patañjali, uno de los textos fundamentales del yoga clásico.
En el sūtra II.29 se presentan los ocho miembros del aṣṭāṅga yoga: yama, niyama, asana, pranayama, pratyahara, dharana, dhyana y samadhi.
Y resulta significativo que el primer miembro no sea una postura, una técnica respiratoria ni una experiencia mística.
El primer miembro es yama, la disciplina ética en nuestra relación con los demás.
En el sūtra II.30 se enumeran cinco principios fundamentales:
- Ahimsa, no violencia, implica evitar causar daño a otros seres.
- Satya, veracidad, nos invita a cultivar la honestidad y la coherencia entre pensamiento, palabra y acción.
- Asteya, no robar, supone respetar aquello que pertenece a los demás.
- Brahmacharya, interpretado de distintas maneras según las tradiciones, se relaciona con la moderación y la regulación responsable de la conducta.
- Aparigraha, no posesividad, invita a revisar el afán de acumulación y el apego.
¿Podemos sostener que una filosofía que coloca la no violencia, la veracidad y la ausencia de codicia entre sus primeros principios pretende promover la crueldad?
Podemos debatir cómo se han interpretado y aplicado estos principios a lo largo de la historia. Ninguna tradición está libre de contradicciones.
Pero no es riguroso atribuir al yoga clásico una negación general del bien y del mal ignorando sus fundamentos éticos.
Y aquí me gustaría detenerme en una cuestión que considero esencial: el desapego no es indiferencia.
Aprender a no quedar atrapados por el deseo, el miedo o la aversión no significa abandonar a quienes sufren ni renunciar a combatir las injusticias.
La ecuanimidad no tiene por qué ser pasividad.
¿Cuál es el verdadero objetivo del yoga según Patañjali?
La definición clásica del yoga aparece en el sūtra I.2:
Yogaś citta-vṛtti-nirodhaḥ.
Habitualmente se traduce como «El yoga es el cese de las fluctuaciones de la mente», aunque los términos sánscritos admiten matices interpretativos importantes.
Esta definición no significa que el practicante deba dejar de pensar, perder su capacidad crítica o volverse insensible.
Patañjali propone una disciplina orientada a transformar nuestra relación con los procesos mentales.
Y en el sūtra I.3 añade:
Tadā draṣṭuḥ svarūpe ‘vasthānam.
Entonces, el observador permanece establecido en su propia naturaleza.
Esta es una idea fundamental.
El yoga clásico no propone simplemente eliminar pensamientos para dejar de sufrir ante las injusticias del mundo.
Propone un camino de discernimiento que permita distinguir la conciencia de los fenómenos cambiantes con los que habitualmente nos identificamos.
Su finalidad última, kaivalya, se relaciona con la liberación mediante el discernimiento entre purusha, el principio de conciencia, y prakriti, la naturaleza.
Por tanto, tampoco es preciso describir el objetivo del yoga clásico como una fusión del individuo con Brahman. Esa interpretación puede recordar a otras corrientes filosóficas de la India, pero no expresa adecuadamente la distinción característica del sistema de Patañjali.
El yoga posee una profundidad filosófica que no puede reducirse a unas cuantas frases descontextualizadas.
Los siddhis: ¿enseña el yoga a dominar a otras personas?
En el tercer capítulo de los Yoga Sūtras aparecen los siddhis, capacidades extraordinarias que los textos tradicionales relacionan con determinadas prácticas de concentración y meditación.
Entre las capacidades descritas en distintas fuentes y tradiciones se encuentran formas de conocimiento extraordinario y poderes que hoy consideraríamos sobrenaturales.
La conferenciante utilizaba estas referencias para sostener que el yoga pretende convertir a sus practicantes en personas capaces de manipular a los demás, conseguir cualquier deseo y ejercer un poder ilimitado.
Pero esta interpretación omite un aspecto fundamental.
En el sūtra III.38, según la numeración habitual, Patañjali advierte que estas capacidades pueden constituir obstáculos para el samadhi.
Es decir, el propio texto distingue entre las capacidades extraordinarias que describe y el objetivo último de la práctica.
Además, debemos separar dos cuestiones completamente diferentes.
Una es que un texto antiguo describa poderes extraordinarios.
Otra es que esos poderes existan realmente.
La ciencia no ha establecido que la práctica del yoga permita levitar, leer pensamientos o controlar sobrenaturalmente a otras personas.
Estudiar una tradición filosófica no nos obliga a aceptar literalmente todas sus afirmaciones.
Pero tampoco nos autoriza a deformarlas para convertirlas en argumentos de miedo.
¿Los sadhus representan el destino final de quien practica yoga?
En la conferencia se mostraban imágenes de ascetas indios, presentándolos como el resultado inevitable de una práctica avanzada de yoga.
Según esta interpretación, las personas que acuden a clases de yoga estarían dando los primeros pasos de un camino que terminaría conduciéndolas a abandonar su familia, descuidar su cuerpo y vivir completamente apartadas de la sociedad.
Esta afirmación confunde formas particulares de renuncia religiosa con el desarrollo obligatorio de cualquier practicante.
Los sadhus pertenecen a tradiciones ascéticas diversas, con prácticas, compromisos y formas de vida que no pueden generalizarse.
Algunos realizan austeridades extremas; otros se dedican al estudio, la contemplación, la devoción o la enseñanza.
No representan una supuesta fase superior por la que deban pasar todas las personas que practican yoga.
Presentar determinadas imágenes de ascetas como prueba de lo que el yoga hace inevitablemente a las personas constituye una generalización injustificada.
Y también puede alimentar una visión estereotipada de tradiciones culturales y religiosas que merecen ser comprendidas en su contexto.
El ascetismo ha formado parte de determinadas tradiciones del yoga, pero eso no significa que todos los practicantes deban seguir ese camino. Hace unos años reflexioné precisamente sobre esta cuestión en mi artículo «¿Es el yoga elitista?», donde abordo las diferencias entre el camino contemplativo tradicional y la práctica de yoga que conocemos actualmente.
¿Es el yoga compatible con el cristianismo?
Esta es una pregunta legítima, pero pertenece principalmente al ámbito de la interpretación religiosa.
Existen cristianos que consideran que determinadas prácticas de yoga son incompatibles con su fe.
Otros practican yoga como disciplina corporal, sin incorporar elementos devocionales de otras tradiciones.
Y existen también diferentes posiciones teológicas sobre esta cuestión.
No me corresponde decidir qué interpretación debe adoptar cada creyente.
Lo que sí considero necesario es distinguir entre una convicción personal y una afirmación universal.
Decir «mi religión me lleva a no practicar yoga» es perfectamente respetable.
Afirmar «cualquier persona que practica yoga está adorando demonios, aunque no lo sepa» es algo muy diferente.
La segunda afirmación atribuye a otras personas una conducta religiosa que quizá no realizan ni reconocen.
Y no existe evidencia científica que permita demostrar que adoptar una postura corporal implique entregar el control de la propia vida a una entidad sobrenatural.
La libertad religiosa incluye tanto el derecho a practicar una religión como el derecho a no participar en sus creencias.
Podemos respetar profundamente el cristianismo, el hinduismo y otras tradiciones sin necesidad de descalificar las creencias ajenas.
¿Qué dice la ciencia sobre los beneficios del yoga?
La investigación científica permite abordar una dimensión diferente del yoga: sus efectos físicos y psicológicos.
El National Center for Complementary and Integrative Health (NCCIH), organismo de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, recoge estudios sobre la práctica del yoga en relación con el dolor lumbar, el equilibrio, el estrés, el sueño y otras condiciones.
En el caso del dolor lumbar crónico, por ejemplo, las revisiones disponibles encuentran beneficios generalmente modestos, aunque no está claro que el yoga sea superior a otras modalidades de ejercicio.
Este matiz es importante.
No necesitamos afirmar que el yoga cura todas las enfermedades para reconocer que puede aportar beneficios.
Tampoco debemos negar sus posibles riesgos.
Una práctica inadecuada, una exigencia excesiva o una falta de adaptación a las características individuales pueden provocar molestias o lesiones.
Por eso considero tan importante estudiar anatomía, biomecánica, alineación y secuenciación.
La formación rigurosa nos permite comprender mejor qué estamos haciendo y por qué.
En mi manera de enseñar, las posturas no son figuras que debamos reproducir a cualquier precio.
Son oportunidades para estudiar el cuerpo, desarrollar fuerza, movilidad, estabilidad y percepción.
Y, sobre todo, para aprender a practicar con inteligencia.
Haber practicado yoga durante años no convierte una opinión en verdad
Quiero detenerme también en otro argumento utilizado durante la conferencia.
Su protagonista insistía repetidamente en que conocía profundamente el yoga porque había crecido rodeada de profesores y lo había practicado y enseñado durante muchos años.
No tengo motivos para cuestionar su experiencia personal.
Pero la experiencia, por extensa que sea, no convierte automáticamente una interpretación en correcta.
Una persona puede llevar treinta años practicando yoga y mantener errores sobre su historia o filosofía.
Del mismo modo, alguien puede enseñar posturas durante décadas sin haber estudiado suficientemente la anatomía o la biomecánica.
La experiencia es valiosa, pero necesita acompañarse de estudio, reflexión y capacidad de revisión.
Y esto se aplica también a quienes defendemos el yoga.
No basta con amar una disciplina para comprenderla.
Necesitamos seguir aprendiendo.
Enseñar yoga exige conocimiento, ética y responsabilidad
Llevo muchos años dedicada al estudio, la práctica y la enseñanza del yoga.
Mi formación científica me ha enseñado a cuestionar las afirmaciones, contrastar fuentes y reconocer las limitaciones de nuestro conocimiento.
Y mi experiencia como profesora me ha confirmado algo que considero esencial: enseñar yoga es una responsabilidad.
No basta con reproducir posturas.
Necesitamos comprender el cuerpo, observar a nuestros alumnos, adaptar la práctica y conocer los fundamentos de aquello que enseñamos.
También debemos ser capaces de reconocer los errores y contradicciones que existen dentro del propio mundo del yoga.
No todo lo que se presenta como yoga es necesariamente beneficioso, no todos los profesores están adecuadamente preparados, y no todas las afirmaciones que circulan sobre sus efectos físicos, psicológicos o espirituales tienen fundamento.
Precisamente por eso necesitamos más formación y pensamiento crítico, no menos.
Mi manera de comprender el yoga se resume en tres palabras:
Alineación – Percepción – Corazón.
Alineación, porque el cuerpo merece ser estudiado y respetado.
Percepción, porque necesitamos desarrollar sensibilidad para comprender lo que hacemos.
Corazón, porque ninguna práctica tiene verdadero valor para mí si no se acompaña de respeto, honestidad y consideración hacia los demás.
Cuando el miedo sustituye al conocimiento
Lo que más me preocupa de discursos como el que ha motivado este artículo no es que alguien considere el yoga incompatible con sus creencias religiosas.
Eso forma parte de su libertad.
Lo preocupante es la utilización del miedo como argumento.
Miedo a practicar una postura, miedo a respirar conscientemente, miedo a meditar, miedo a haber participado involuntariamente en un supuesto ritual demoníaco.
Cuando se afirma que alguien puede haber entregado su vida a fuerzas malignas por asistir a una clase de yoga, se está realizando una acusación de enorme trascendencia emocional.
Y una afirmación tan extraordinaria no puede justificarse únicamente mediante una interpretación religiosa personal.
Debemos aprender a distinguir entre aquello que una persona cree, aquello que un texto afirma y aquello que puede demostrarse.
Son tres planos diferentes.
Confundirlos no favorece el conocimiento.
Conclusión: ¿es el yoga satánico o merece ser comprendido?
No escribo este artículo para convencer a nadie de que practique yoga.
Tampoco para negar sus raíces espirituales, idealizar su historia o presentar sus beneficios como milagrosos.
Lo escribo porque considero que la desinformación debe ser cuestionada, especialmente cuando se presenta con absoluta seguridad y puede generar miedo en quienes la reciben.
El yoga es una tradición compleja, diversa y profundamente interesante.
Tiene una historia que merece ser estudiada, una filosofía que merece ser comprendida y unas prácticas cuyos efectos pueden investigarse científicamente.
Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con sus planteamientos.
Podemos practicarlo desde diferentes perspectivas o decidir libremente no hacerlo.
Pero debatir exige algo más que convicción.
Exige conocimiento, respeto y honestidad intelectual.
La fuerza con la que alguien afirma algo no lo convierte en verdadero.
Y, desde luego, el desconocimiento no se transforma en sabiduría por envolverse en un discurso espiritual.
Seguiré enseñando yoga desde el estudio, la observación y la experiencia.
Seguiré cuestionando aquello que considere necesario, también dentro de nuestra propia tradición.
Y seguiré defendiendo una práctica en la que el conocimiento del cuerpo, la percepción y la ética tengan un lugar fundamental.
Porque para mí, el yoga no es una cuestión de miedo.
Es un camino de estudio, práctica y conocimiento.
Gloria Alcaide
Yoga con Gloria | Yoga Albahaca
Bibliografía y fuentes
Patañjali. Yoga Sūtras. Especialmente los sūtras I.2–3, II.29–30, III.38 y el capítulo IV. Es recomendable consultar traducciones comentadas y contrastar las diferentes interpretaciones.
Singleton, Mark (2010). Yoga Body: The Origins of Modern Posture Practice. Oxford University Press.
https://academic.oup.com/book/32847
National Center for Complementary and Integrative Health (NIH). Yoga: Effectiveness and Safety.
https://www.nccih.nih.gov/health/yoga-effectiveness-and-safety
National Center for Complementary and Integrative Health (NIH). Low-Back Pain and Complementary Health Approaches.
https://www.nccih.nih.gov/health/low-back-pain-and-complementary-health-approaches-what-you-need-to-know
