La banalización del yoga

¿Por qué no todo vale en nombre de la práctica?

En los últimos años, el yoga ha ganado una enorme popularidad. Hoy se ofrece en centros cívicos, gimnasios, grandes cadenas deportivas y espacios muy diversos. A simple vista, podría parecer una buena noticia: más personas practicando yoga, más movimiento, más conciencia corporal.

Sin embargo, desde dentro de la profesión surge una preocupación creciente: el yoga se está banalizando. Y cuando eso ocurre, no solo pierde valor la disciplina, sino que se pone en riesgo la salud y el bienestar de quienes lo practican.

El yoga no es solo ejercicio físico

Aunque se practique con el cuerpo, el yoga no es una actividad física cualquiera, si siquiera es una actividad física, sólo el apartado de asana (dentro del camino de los 8 pasos de Patanjali). El yoga trabaja con la respiración, el sistema nervioso, la percepción interna y la relación mente-cuerpo. Acompaña procesos personales profundos y, en muchos casos, situaciones de dolor, estrés, lesiones o cambios vitales importantes.

Por eso, enseñar yoga es una gran responsabilidad.
No se trata únicamente de saber realizar posturas, sino de:

  • Observar cuerpos reales y diferentes.

  • Adaptar la práctica a cada persona.

  • Saber cuándo sostener, cuándo parar y cuándo avanzar.

  • Crear un espacio seguro, física y emocionalmente.

Reducir el yoga a una clase más de gimnasio es desvirtuar su esencia.

Yoga barato: consecuencias caras

En muchos espacios, el yoga se ofrece a precios muy bajos, con grupos grandes y sin atención individual. El mensaje implícito es peligroso: “total, es solo yoga”.

Las consecuencias de esta visión son claras:

  • Lesiones evitables.

  • Abandono de la práctica por frustración.

  • Falta de confianza en el propio cuerpo.

  • Devaluación del trabajo de profesores cualificados.

  • Confusión social sobre qué es realmente el yoga.

El problema no es que el yoga sea accesible.
El problema es que pierda rigor, cuidado y profundidad.

La idea equivocada de que cualquiera puede enseñar yoga

Junto a esta banalización, se ha extendido la creencia de que con una formación rápida o masiva ya se puede enseñar yoga. Se confunden títulos con competencia real y horas acumuladas con madurez pedagógica y aprendizaje continuo.

Enseñar yoga no es repetir secuencias ni copiar lo aprendido. Es comprender el cuerpo, la respiración y la mente, integrar la práctica en uno mismo y saber acompañar a otros con criterio, ética y sensibilidad.

El problema de algunas formaciones de profesores de yoga

El foco no debe ponerse en el alumnado, que suele llegar con ilusión y buena intención. El verdadero problema es un sistema formativo que prioriza la cantidad sobre la calidad.

Formaciones:

  • Masificadas.

  • Poco personalizadas.

  • Con escaso acompañamiento real.

  • Sin supervisión posterior al título.

Todo ello genera profesionales inseguros, con dificultades para adaptarse a la realidad del aula y con una base insuficiente para asumir la responsabilidad de enseñar.

El resultado es una cadena que se retroalimenta: enseñanza superficial, práctica empobrecida y pérdida de confianza en el yoga como herramienta de salud.

Enseñar yoga es una responsabilidad, no un trámite

El yoga tiene un enorme potencial terapéutico, educativo y transformador. Pero solo puede desplegarse cuando se enseña con:

  • Formación sólida.

  • Práctica personal constante.

  • Acompañamiento real.

  • Ética profesional.

  • Respeto profundo por las personas y por la disciplina.

No todo vale en nombre del yoga.

yoga albahacaUna llamada a la reflexión

Este texto no es un ataque ni una queja personal. Es una invitación a reflexionar colectivamente:

  • A los centros que ofrecen yoga.

  • A quienes practican y buscan clases.

  • A quienes desean formarse como profesores.

Cuidar el yoga es cuidar a las personas.
Y preservar su profundidad es una responsabilidad compartida.

HARI OM TAT SAT