La atención es el recurso más valioso del practicante espiritual

¿A qué dedico mi atención?

lo bello y lo triste

Hace unos días compré Lo bello y lo triste, de Yasunari Kawabata, en la Feria del Libro de Cuéllar.

Lo compré con ilusión. La faja hablaba de una obra de enorme sensibilidad, de una escritura pura y elegante, de una intensidad poco común. Todo invitaba a pensar que me esperaba una lectura de esas que dejan huella.

Sin embargo, al llegar aproximadamente a la mitad del libro, lo cerré.

Y decidí no volver a abrirlo.

No fue una decisión impulsiva ni un gesto de rebeldía. Simplemente sentí que ya no quería seguir dedicando mi tiempo y mi atención a esa historia.

Mientras avanzaba en sus páginas encontraba deseo, manipulación, heridas que nunca cicatrizan, venganzas, relaciones marcadas por el apego y personajes atrapados en un sufrimiento del que parecen incapaces de salir.

Y entonces me hice una pregunta.

¿Por qué este libro, tan reconocido y admirado por tantos lectores, no estaba resonando en mí?

La respuesta no tardó en aparecer.

No era el libro. Era yo.

Lo que buscamos también cambia

Quizá, cuando era más joven, esta novela me habría fascinado.

Tal vez habría seguido leyendo hasta el final para descubrir qué ocurría entre sus personajes. Quizá me habría parecido una historia intensa, llena de matices psicológicos, de pasiones humanas y de conflictos profundos.

Pero hoy ya no busco eso.

Y no porque haya dejado de interesarme el ser humano.

Al contrario.

Cada vez me interesa más.

Lo que ocurre es que ya no me interesa únicamente observar cómo sufrimos.

Me interesa comprender cómo dejamos de sufrir.

Ya no busco personajes atrapados en el deseo, el apego, los celos o la venganza.

Busco personas, libros y enseñanzas que me ayuden a cultivar la lucidez, la compasión, la paciencia y la libertad interior.

Supongo que eso también forma parte de hacerse mayor.

Cuando somos jóvenes solemos buscar experiencias intensas. Queremos sentir mucho. Nos atraen las grandes historias de amor, los dramas, los personajes atormentados, los conflictos apasionados. Hay una parte de la vida en la que todo eso nos ayuda a conocernos y a crecer.

Pero llega un momento —al menos así lo siento yo— en el que la intensidad deja de ser el objetivo.

Empieza a interesarnos algo mucho más difícil y mucho más valioso:

La claridad.

La serenidad.

La comprensión.

La paz.

La atención también es una práctica

Mientras pensaba en todo esto apareció una pregunta que ya no me ha abandonado.

¿A qué dedico mi atención?

Vivimos muy preocupados por cuidar aquello que damos a nuestro cuerpo.

Leemos etiquetas.

Elegimos alimentos más saludables.

Intentamos dormir mejor.

Hacemos ejercicio.

Pero pocas veces nos preguntamos con la misma seriedad de qué alimentamos nuestra mente.

Y la mente también come.

Se alimenta de los libros que leemos.

De las conversaciones que mantenemos.

De las noticias que consumimos.

De las redes sociales.

De las películas.

De las personas con las que compartimos nuestro tiempo.

Y, sobre todo, de los pensamientos que repetimos una y otra vez.

Cada una de esas elecciones va dejando una huella.

Quizá no hoy.

Quizá tampoco mañana.

Pero, poco a poco, terminan construyendo nuestra manera de mirar el mundo.

Por eso cada vez creo menos en la idea de que la práctica espiritual ocurre únicamente cuando nos sentamos a meditar o desenrollamos la esterilla.

El camino espiritual se construye mucho antes.

Se construye en cada conversación.

En cada dificultad.

En cada acto cotidiano.

En la forma en que respondemos cuando alguien nos hiere.

En cómo tratamos a quienes piensan distinto.

En aquello que elegimos leer antes de dormir.

En las historias con las que decidimos convivir.

Cada instante educa la mente.

Cada decisión deja una huella.

Elegir con qué quiero convivir

Casi al mismo tiempo que cerraba Lo bello y lo triste, abría Corazón abierto, mente lúcida, de Thubten Chodron, con prólogo del Dalai Lama.

Y sentí algo muy distinto.

No porque uno de los libros sea necesariamente mejor que el otro.

Sino porque respondía al momento vital en el que me encuentro.

Mientras una lectura me llevaba constantemente hacia personajes atrapados por sus pasiones y su sufrimiento, la otra me invitaba a observar mi propia mente, a comprender el origen del sufrimiento y a cultivar cualidades como la paciencia, la compasión y la sabiduría.

Comprendí entonces que elegir un libro también es elegir una compañía.

Y eso me hizo pensar en toda la vida.

Porque no solo elegimos libros.

Elegimos conversaciones.

Elegimos amistades.

Elegimos qué vemos en internet.

Elegimos qué escuchamos.

Elegimos en qué pensamos.

Elegimos dónde ponemos nuestra atención.

Y esa atención acaba convirtiéndose, silenciosamente, en nuestra manera de ser.

Una práctica para toda la vida

No escribo estas líneas para convencer a nadie de que deje de leer una novela o empiece otra.

Cada persona recorre su propio camino y encuentra alimento donde lo necesita.

Solo comparto una reflexión que ha surgido en un momento muy concreto de mi vida.

Hoy ya no quiero dedicar muchas horas a historias que me dejan habitando el deseo, la venganza o la desesperanza.

La vida ya contiene suficiente sufrimiento.

Prefiero dedicar mi atención a aquello que me ayuda a comprenderla mejor y a responder a ella con un poco más de conciencia, de bondad y de libertad.

Quizá esa sea una de las enseñanzas más importantes que el yoga me ha regalado.

La atención no es un recurso cualquiera.

La atención es el lugar donde cultivamos nuestra mente.

Y, al final, nuestra vida no es otra cosa que la suma de aquello a lo que hemos prestado atención, día tras día.